La escena se repite casi sin pensarlo: usted ya está en la cama, apaga la luz y toma el celular «solo un momento». Responde un mensaje, mira titulares, entra a una red social o reproduce un último video y cuando deja el teléfono, han pasado cuarenta minutos y el sueño parece haberse ido.
Si lucha contra el insomnio, quizá el problema no sea únicamente la hora a la que se acuesta. Mantener el cerebro despierto y expuesto a una pantalla hasta el último minuto puede retrasar el descanso y convertir la cama en un lugar de alerta. Cambiar ese hábito no resuelve todos los casos, pero suele ser un buen punto de partida.
El error antes de dormir que alimenta el insomnio sin que usted lo note
Usar el celular, la tableta, la computadora o el televisor en la cama parece inofensivo. Sin embargo, el cuerpo no siempre interpreta ese momento como una pausa. Lee un correo pendiente, recibe una notificación, se enfrenta a una noticia inquietante o sigue una discusión en redes y la mente se activa cuando debería bajar el ritmo.
A este hábito de prolongar la conexión nocturna se le llama vamping. No consiste solo en acostarse tarde, sino en mantenerse despierto con contenido digital cuando el día ya terminó. El problema no se limita a las redes sociales, un video, una serie, una conversación laboral o una búsqueda aparentemente tranquila pueden alargar la vigilia.
Un estudio publicado en Frontiers in Psychiatry en marzo de 2025 analizó respuestas de 45.202 adultos jóvenes de Noruega. Encontró una asociación entre una hora de pantalla en la cama y un 59% más de riesgo de síntomas de insomnio, además de unos 24 minutos menos de sueño por noche. Es un dato relevante, aunque no prueba que las pantallas sean la única causa, quien duerme mal también puede recurrir más al teléfono porque ya está despierto.
¿Por qué la luz y el contenido mantienen despierto al cerebro?
La luz nocturna puede retrasar la liberación de melatonina, la hormona que ayuda a regular el ciclo de sueño y vigilia. El cerebro recibe una señal parecida a la del día, sobre todo si la pantalla está cerca de la cara, tiene mucho brillo o se usa durante bastante tiempo.
Aun así, reducir el problema a la luz azul sería simplificar demasiado. La intensidad, el horario y la duración de la exposición importan, también importa lo que usted mira. Leer unas páginas de una novela en una pantalla no produce la misma activación que revisar noticias alarmantes, responder mensajes tensos o ver videos diseñados para captar atención sin pausa.
Los filtros nocturnos y las gafas que bloquean luz azul pueden reducir parte de la exposición, pero no silencian una notificación ni calman la preocupación que deja un correo de trabajo a las once de la noche.
La cama deja de ser una señal de descanso
Cuando la cama se usa para trabajar, estudiar, cenar o recorrer redes sociales, el cerebro puede dejar de vincularla con dormir. Empieza a asociarla con tareas, pendientes y estímulos. Esa asociación pesa mucho cuando llega la hora de apagar todo.
Revisar la hora agrava el malestar, ver que son las 2:17 y calcular cuántas horas quedan hasta el despertador suele disparar la ansiedad, por eso conviene dejar el dispositivo lejos de la almohada, activar el modo avión o «no molestar» y usar un despertador tradicional si es posible.
La desconexión nocturna no busca castigar el uso del celular, busca darle al cerebro un final claro para el día.
¿Cómo cortar el ciclo de pantallas y recuperar una noche más tranquila?
La meta no tiene que ser perfecta desde la primera noche, desconectarse entre 30 y 60 minutos antes de acostarse es un cambio realista para muchas personas. Algunas recomendaciones clínicas sugieren una o dos horas, pero es preferible empezar con un margen que usted pueda sostener.
Si suele dormir con el teléfono en la mano, pruebe durante varios días a cargarlo fuera del dormitorio. Al principio puede sentir una incomodidad extraña, casi como si faltara algo, es normal: el gesto de desbloquear la pantalla se convierte en automático. Tener un libro de papel, una revista ligera o música tranquila preparada ayuda a no volver al hábito por aburrimiento.
Cambie el último tramo del día por un ritual que prepare el sueño
Una rutina sencilla suele funcionar mejor que una fórmula complicada, puede atenuar las luces, ponerse el pijama, lavarse los dientes y dejar lista la ropa del día siguiente. Después, leer en papel, hacer respiraciones lentas o escuchar una meditación breve puede marcar el cierre de la jornada.
La repetición importa, si esas acciones ocurren casi siempre en el mismo orden, el cuerpo empieza a reconocer la secuencia. No hace falta que sea un ritual impecable ni que dure una hora, basta con que no incluya asuntos que aceleren la cabeza.
También conviene dejar las noticias y las conversaciones laborales fuera del dormitorio. Hay días en que no se puede evitar una llamada urgente, claro, pero convertir la cama en extensión de la oficina hace más difícil desconectar.
Ajuste el entorno y los horarios para que el cambio dure
Mantener una hora parecida para levantarse ayuda a ordenar el reloj biológico, incluso los fines de semana. Una habitación oscura, silenciosa y fresca también facilita que aparezca la somnolencia. La cama debería quedar reservada, en lo posible, para dormir y la intimidad.
Durante el día, recibir luz natural y hacer actividad física favorece el descanso nocturno. Sin embargo, el ejercicio intenso muy cerca de la hora de dormir puede dejar a algunas personas demasiado activadas. Conviene observar cómo responde su propio cuerpo.
Si necesita usar una pantalla por una razón concreta, reduzca el brillo, active el modo nocturno, desactive notificaciones y mantenga el aparato a cierta distancia. Son medidas útiles, aunque no sustituyen un rato sin pantalla antes de acostarse.
No todo es el celular: otros hábitos que pueden empeorar el insomnio
El teléfono puede ser la chispa, pero rara vez explica todo. La cafeína de la tarde, el alcohol, el tabaco, las cenas abundantes y los horarios cambiantes también interfieren con el sueño. A veces se acumulan varios factores y cuesta identificar cuál pesa más.
El café, el té, el chocolate y las bebidas energéticas pueden seguir haciendo efecto cuando ya está en la cama. Muchas personas mejoran al limitar estas opciones desde la tarde, aunque la sensibilidad varía. El alcohol puede dar somnolencia al principio, pero fragmenta el descanso más tarde.
Las siestas largas también reducen la presión natural de sueño. Si nota que le cuesta conciliarlo por la noche, pruebe con siestas de 20 o 30 minutos, o elimínelas durante unos días. No necesita cambiarlo todo de golpe, elegir dos hábitos y mantenerlos suele ser más útil que imponer una rutina imposible.
¿Qué hacer cuando no logra dormirse después de acostarse?
Forzarse a dormir suele aumentar la tensión. Si lleva un buen rato despierto y frustrado, levántese de la cama sin encender luces fuertes. Lea unas páginas en papel o haga una actividad calmada en otro espacio. Vuelva cuando reaparezca la somnolencia.
Evite buscar remedios rápidos en el celular o empezar a calcular las horas que perderá, ese cálculo rara vez ayuda. Si el insomnio persiste durante semanas, afecta el ánimo, la memoria, el trabajo o la seguridad al conducir, conviene consultar a un profesional. Ronquidos fuertes, pausas al respirar, sensación de ahogo, piernas inquietas o somnolencia intensa diurna también merecen evaluación.
La terapia cognitivo-conductual para el insomnio es una opción profesional respaldada para abordar hábitos, pensamientos y conductas que mantienen el problema. A veces, el último vistazo al celular es solo una pieza del rompecabezas. Aun así, dejarlo fuera de la cama durante varios días puede mostrarle cuánto necesitaba su cerebro ese silencio.
Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.
