ActualidadAdolescencia

«Zuckerberg ante el juez»: la batalla por la adicción digital y los menores

¿Hasta dónde llega la responsabilidad de una app cuando quien la usa tiene 9, 12 o 15 años? En febrero de 2026, Mark Zuckerberg se sentó a declarar ante un juez en Los Ángeles, en un caso que acusa a Meta (Instagram) y a otras tecnológicas de diseñar productos que fomentan la adicción digital y dañan a menores.

El foco no está solo en una empresa. El juicio pone sobre la mesa cómo se construyen las redes: qué decisiones de diseño aumentan el tiempo de uso, cómo funcionan los algoritmos y qué pasa cuando ese «enganche» coincide con una etapa frágil del desarrollo.

Lo que se discute, en el fondo, es simple y enorme a la vez: si el crecimiento vale lo mismo cuando la factura la paga la salud mental.

Qué se está juzgando en Los Ángeles y por qué Zuckerberg tuvo que declarar

El caso se lleva en la Corte Superior de Los Ángeles y se ha convertido en una escena potente: familias y padres de menores fallecidos por problemas vinculados a redes sociales se manifestaron fuera del tribunal, mientras dentro se discutía si el diseño de ciertas plataformas puede causar daño real.

Zuckerberg declaró el 18 de febrero de 2026, por primera vez ante un juez en este litigio. No fue una comparecencia simbólica. Los abogados lo interrogaron durante horas sobre cómo se toman decisiones en Meta, qué se prioriza en Instagram y qué sabía la empresa sobre el uso de la app por parte de menores, a pesar del mínimo de 13 años.

Artículos Relacionados

Hubo un detalle que resume la tensión del momento. La jueza ordenó retirar gafas inteligentes (incluidas las Ray-Ban de Meta) para evitar cualquier riesgo de grabación o reconocimiento facial del jurado. Es un gesto pequeño, pero revela el clima: cuando el tema es privacidad y control, hasta un accesorio se vuelve prueba.

También pasaron otros directivos por el estrado. Adam Mosseri, jefe de Instagram, testificó días antes y dijo que la empresa no «persigue» ingresos con adolescentes porque, según su versión, suelen ignorar los anuncios. Aun así, la acusación no va solo de publicidad. Va de tiempo, atención y hábitos.

En términos sencillos, el jurado deberá decidir si Instagram causó un daño directo a la demandante, y si el producto, no solo el contenido, empujó a un uso que se volvió perjudicial.

La historia de K.G.M. y el corazón de la demanda: de uso temprano a daño real

K.G.M., hoy una mujer de 20 años, sostiene que empezó a usar Instagram cuando era niña, alrededor de los 9 años. Según su relato, con el tiempo pasó horas diarias en la plataforma, hasta el punto de no poder parar. La demanda vincula ese uso intensivo con un deterioro de su salud mental, que incluyó depresión y ideas suicidas.

Este punto cambia el tono del caso. Ya no es una discusión abstracta sobre «pantallas». Es una historia concreta sobre una menor y un producto que, según la acusación, estaba pensado para retenerla.

Hablar de estas experiencias exige cuidado. Nadie debería convertirlas en espectáculo. Aun así, son el centro del juicio porque obligan a responder una pregunta incómoda: si una plataforma detecta que un usuario vulnerable se queda más tiempo, ¿lo protege o lo empuja a quedarse todavía más?

Qué responden Meta e Instagram: edad, responsabilidad y la discusión sobre si existe «adicción»

La defensa de Meta se apoya en una idea clave: muchos menores mienten sobre su edad al registrarse y, según Zuckerberg, detectarlo de forma fiable es «muy difícil» a nivel técnico. En esa línea, la empresa apunta a los controles existentes y a la responsabilidad compartida con familias y usuarios.

Además, Zuckerberg afirmó que los problemas de K.G.M. empezaron antes de usar redes sociales, y que había factores personales importantes en su vida. Con eso, Meta intenta romper el vínculo causal: que Instagram haya estado presente no significa, según su argumento, que haya sido la causa.

También aparece la disputa por el lenguaje. La empresa admite que puede existir uso problemático, pero cuestiona que se trate de «adicción» en sentido estricto.

En sala, los abogados han mencionado documentos internos antiguos, incluyendo mensajes de mediados de la década pasada, que según la acusación mostraban interés por aumentar el tiempo en la app. Zuckerberg los enmarcó como discusiones normales de producto. Por ahora, el juicio sigue abierto y el veredicto no ha llegado.

Cómo se «fabrica» el enganche: las funciones que el juicio pone bajo la lupa

Cuando alguien dice «me quedé una hora sin querer», no habla solo de falta de voluntad. Muchas apps reducen el esfuerzo de seguir consumiendo. Lo hacen con decisiones que parecen pequeñas, pero se suman como migas de pan en un bosque.

En este juicio, la lupa está sobre funciones habituales: scroll infinito, recomendaciones basadas en algoritmos, reproducción automática, notificaciones y herramientas que aumentan la comparación social. En adultos, eso ya pesa. En niños y adolescentes, puede pesar más, porque su autocontrol todavía se está formando y la presión social se vive con más intensidad.

Antes de seguir, conviene separar dos cosas. Las redes pueden servir para aprender, crear y conectar. El problema aparece cuando el diseño empuja de forma constante al exceso, y cuando salir se siente como perderse algo importante.

Si una app elimina los «finales», también elimina el momento natural de parar.

Para verlo rápido, estas son algunas piezas del enganche que suelen mencionarse en debates públicos y que también aparecen en discusiones legales como esta:

Elemento de diseñoQué hacePor qué cuesta parar
AlgoritmosPersonalizan lo que vesTe dan justo lo que te interesa
AutoplayReproduce el siguiente videoQuita la decisión de «dar play»
Scroll infinitoNo hay final de feedNo existe un cierre natural
NotificacionesTe llaman de vueltaCrea urgencia y hábito

La idea no es demonizar cada función, sino entender su efecto acumulado, sobre todo en menores.

Algoritmos, autoplay y scroll infinito: por qué cuesta tanto parar

El algoritmo aprende rápido. Si te detienes en videos de deporte, te ofrece más. Si miras cuentas de humor, te llena el feed de chistes. Esa personalización se siente cómoda, como si la app «te conociera». Y ahí está el truco: reduce la fricción, porque casi nunca te aburres.

Luego entra el autoplay. En vez de decidir «veo uno más», el siguiente llega solo. Es como una bolsa de patatas abierta, si ya está en la mesa, cuesta guardarla. Por último, el scroll infinito quita el final natural. En un libro hay capítulos; en un feed no hay última página.

Todo esto conecta con algo básico: el circuito de recompensa. Cuando algo te da pequeñas dosis de novedad y aprobación, el cerebro pide repetición. En un adolescente, esa sensación puede volverse un imán.

Notificaciones, rachas y filtros: cuando la aprobación social se vuelve el premio

Las notificaciones no solo informan. También interrumpen. Un mensaje, un «me gusta», una mención. Cada aviso sugiere que hay algo pendiente y que responder rápido importa. En menores, eso se mezcla con miedo a quedarse fuera del grupo.

Los filtros de belleza añaden otra capa. Pueden ser divertidos, pero también empujan a comparar la cara real con una versión retocada. Si la validación llega cuando te ves «mejorado», la autoestima aprende una regla injusta: «valgo más si parezco otra persona».

Nada de esto significa que usar Instagram sea automáticamente dañino. Mucha gente lo usa sin problemas. Aun así, el diseño puede inclinar la balanza hacia más tiempo, más comparación y más ansiedad, sobre todo cuando el usuario es menor y no tiene herramientas para poner límites.

Lo que puede cambiar después del veredicto: reglas, productos y hábitos en casa

Este juicio no ocurre en el vacío. En Estados Unidos hay muchas demandas similares contra grandes plataformas, y el debate político sobre protección de menores en internet sigue creciendo. Un fallo que favorezca a los demandantes podría empujar cambios de producto, más presión regulatoria y nuevas reglas sobre verificación de edad.

El punto delicado es el precedente. Si un jurado concluye que el diseño causó daño, la conversación deja de ser moral y pasa a ser legal. Eso asusta a la industria porque cambia el mapa: ya no se discute solo «qué ve el usuario», sino «cómo lo empujó el sistema».

El centro del conflicto es si el producto debe tener límites cuando el usuario es un menor.

Mientras tanto, en casa y en el aula ya se pueden mover piezas sin esperar a una ley. No se trata de prohibir por reflejo. Se trata de recuperar control.

Si ganan los demandantes: señales de un posible «antes y después» para la industria

Si el jurado fallara a favor de K.G.M., podrían llegar indemnizaciones y, sobre todo, incentivos para rediseñar funciones. En ese escenario, Meta y otras empresas tendrían más presión para demostrar responsabilidad y apostar por un diseño seguro en cuentas de menores.

También crecería la exigencia de transparencia: por qué se recomienda cierto contenido, qué métricas guían los cambios y qué pruebas internas existen sobre efectos en adolescentes. Además, un veredicto así podría animar más litigios fuera de California, e incluso acelerar debates en otros países.

Aun con todo, nada está garantizado. La defensa insiste en la dificultad técnica de detectar edades reales y en los factores personales. Por eso el resultado importa tanto: dibuja la línea entre «uso intensivo» y «daño atribuible al producto».

Qué pueden hacer padres, docentes y adolescentes desde hoy, sin esperar a una ley

En lo cotidiano, ayuda empezar por lo medible. Revisar el tiempo de pantalla semanal abre conversaciones sin gritos. Luego, conviene recortar los disparadores: desactivar notificaciones que no sean esenciales reduce regresos automáticos a la app. También funciona crear horarios sin móvil (comidas, estudio, una hora antes de dormir) y dejar el teléfono fuera del dormitorio para proteger el descanso.

En adolescentes, el cambio más fuerte suele ser social. Por eso es útil hablar de presión de grupo, de filtros y de comparación, sin burlas. Ajustes simples como cuentas privadas y listas de «mejores amigos» también bajan la exposición. La meta no es pureza digital, sino un uso que no mande sobre el día.

 

¿Le resultó útil este artículo?
Margarita Martinez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

Publicidad

Margarita Martinez

Margarita Martínez es enfermera y redactora apasionada por el bienestar. Escribe sobre temas de estilo de vida, adolescencia y salud, combinando su experiencia clínica con una mirada cercana y humana.