Revelan qué se esconde bajo el hielo de la Antártida: lagos activos, ríos ocultos y un relieve gigantesco
Imagina un continente cubierto por kilómetros de hielo. Desde fuera parece sólido y quieto, como una tapa blanca que no cambia. Sin embargo, por debajo pasan cosas.
Durante décadas, lo que había bajo la Antártida fue un misterio por una razón simple: no se puede ver directamente. Perforar es caro, lento y solo da «puntos» sueltos. Lo que cambió en los últimos años fue la combinación de satélites (como CryoSat) y nuevas formas de convertir señales sutiles en mapas fiables.
Hoy ya no hablamos solo de «roca bajo el hielo». Sabemos que existen lagos activos, ríos ocultos y un relieve enorme con montañas, valles y cañones. Todo eso influye en cómo se mueve el hielo y, al final, en el nivel del mar.
Lo que se esconde bajo la Antártida no es «solo roca», es un sistema vivo de agua y relieve
La base de la capa de hielo antártica no es una plancha lisa. Es un terreno complejo, con formas que guían el hielo como si fueran carriles. Encima, el hielo se deforma y fluye. Debajo, el agua aparece, se acumula, se desplaza y a veces se drena.
Esa mezcla de relieve y agua funciona como un mecanismo silencioso. Si el hielo descansa sobre una zona rugosa, puede frenarse. Si encuentra un valle, tiende a encauzarse y acelerar. Y si hay agua en la base, el hielo puede deslizarse con menos fricción. Es como empujar un mueble: no es lo mismo sobre alfombra que sobre un suelo mojado.
Lo sorprendente es que ese sistema no es estático. Cambia con el tiempo, incluso cuando arriba todo parece igual.
Lagos subglaciales que se llenan y vacían, el hallazgo de decenas de estructuras «activas»
Un lago subglacial es, literalmente, agua líquida atrapada bajo el hielo. Puede formarse por presión, por calor interno de la Tierra o por fricción del propio hielo al moverse. Lo importante es que no siempre se queda en el mismo estado.
Los científicos llaman lagos subglaciales activos a los que se llenan y vacían con el tiempo. ¿Cómo lo saben? Porque la superficie del hielo sube o baja ligeramente cuando el agua se acumula o se drena por debajo.
Con datos de una década, se identificaron 85 estructuras desconocidas activas. Con ese salto, el recuento de lagos activos conocidos llegó a 231. Además, se detectaron redes conectadas, con lagos que se comunican entre sí y vías de drenaje que actúan como rutas de salida.
¿Por qué importa esto? Porque el agua puede favorecer el deslizamiento basal. Si el hielo se desliza más rápido hacia la costa, aumenta la descarga de hielo al océano. No es una película de catástrofes, es física con consecuencias reales.
Un mapa nuevo revela montañas, cañones y miles de colinas que el hielo había borrado del mundo
Otra gran pieza del rompecabezas es el terreno. Un mapa reciente, más preciso, muestra un mundo enterrado: sistemas montañosos, cañones profundos, valles, llanuras y más de 30.000 colinas (de al menos decenas de metros de altura). En algunas zonas aparecen incluso canales largos y empinados, como cicatrices en la roca.
Conviene aclararlo: no es un «mapa con fotos». Es una reconstrucción que combina datos satelitales con modelos físicos de cómo fluye el hielo. En otras palabras, los científicos leen las pequeñas ondulaciones de la superficie para deducir qué forma tiene el suelo.
El relieve no es un detalle estético. Actúa como un molde. Unas montañas pueden desviar el flujo; un valle puede concentrarlo. En un continente donde el hielo se mueve como un río lento, esa guía cambia la velocidad y también el destino del hielo que acaba en el mar.
¿Cómo pueden saberlo si está todo cubierto? Las herramientas que «leen» el hielo desde el espacio
Medir lo que pasa bajo el hielo se parece a seguir huellas en la nieve. No ves el animal, pero sí sus marcas. En la Antártida, esas «marcas» son cambios mínimos en la altura del hielo y en su forma.
Los satélites repiten sus recorridos durante años. Eso permite comparar el mismo lugar una y otra vez. Si algo cambia, aunque sea poco, queda registrado. Luego, con buenos métodos, esa señal se convierte en pistas sobre el agua y el terreno ocultos.
Satélites como CryoSat: medir milímetros para entender kilómetros
CryoSat observa la Antártida con radar y mide la altura de la superficie helada con gran precisión. Lo llamativo es que un lago que se llena o se vacía no necesita romper el hielo para «delatarse». Basta con que la superficie suba o baje un poco.
Esos cambios de altura se pueden acumular y contar como ciclos. Si el patrón se repite, la explicación más probable es actividad subglacial. Así se identificaron nuevas estructuras activas y conexiones entre ellas.
Estos satélites no reemplazan el trabajo sobre el terreno, pero sí multiplican la escala. Donde antes había unas pocas mediciones aisladas, ahora hay series largas y comparables.
Seguir el flujo del hielo para reconstruir el terreno oculto
Además de medir altura, los equipos analizan el flujo de hielo. La idea es sencilla: si el hielo pasa sobre una colina, se abomba; si cruza un valle, se hunde y acelera. Es una respuesta física a lo que tiene debajo.
Con técnicas como el análisis de perturbación del flujo, se construye un mapa del suelo sin tener que recorrer cada kilómetro con radar aéreo. Después, se valida con datos existentes donde los hay.
La ganancia es directa: mejores mapas alimentan mejores predicciones. Y cuando hablamos de Antártida, predecir mejor no es un lujo, es una necesidad.
Por qué estas revelaciones importan para todos: nivel del mar, clima y sorpresas del pasado
Es fácil ver estos hallazgos como curiosidades de un lugar remoto. Sin embargo, lo que ocurre bajo el hielo antártico está conectado con nuestras costas. La razón es simple: la Antártida guarda la mayor reserva de hielo del planeta.
Cuando el agua subglacial cambia el deslizamiento, puede alterar la estabilidad de glaciares que terminan en el océano. Y cuando se afina el mapa del terreno, se mejora la capacidad de anticipar qué zonas son más vulnerables.
A la vez, el hielo también guarda memoria. En algunos lugares, esa memoria llega a millones de años.
Ríos ocultos y glaciares costeros: cuando el agua puede acelerar la pérdida de hielo
Bajo la capa de hielo no solo hay lagos, también existen ríos subglaciales y canales de drenaje. Funcionan como tuberías naturales que redistribuyen el agua. Si el sistema se reorganiza, el hielo puede responder con cambios en velocidad y dirección.
En glaciares costeros, ese efecto puede ser especialmente delicado. Allí el hielo ya interactúa con el océano y con agua relativamente más templada en profundidad. Según estimaciones en ciertas zonas, la lubricación y el aporte de agua podrían asociarse con aumentos de fusión del orden del 20% al 50%, aunque el impacto exacto depende del lugar y del año.
La conexión final es conocida: si los glaciares costeros descargan más hielo al mar, sube el nivel del mar. No ocurre de un día para otro, pero la tendencia cuenta, sobre todo en ciudades bajas y deltas.
Hielo de 6 millones de años: una ventana para entender cómo cambió la Antártida (y lo que viene)
En Allan Hills, en la Antártida Oriental, se encontró hielo de hasta 6 millones de años, el más antiguo recuperado hasta ahora. Ese hielo conserva burbujas de aire minúsculas, como cápsulas del tiempo. Dentro están señales de la atmósfera antigua, incluidos gases de efecto invernadero como el CO₂.
Al analizar esas burbujas, los científicos pueden reconstruir temperaturas pasadas y cambios en el clima global. En otras palabras, el hielo no solo se derrite o se mueve, también «cuenta» qué pasó cuando el planeta fue más cálido y el mar estuvo más alto.
Los equipos planean nuevas campañas entre 2026 y 2031 para ampliar las muestras y buscar registros aún más antiguos. Con esos datos, los modelos climáticos ganan realismo, porque ya no dependen solo de suposiciones modernas.
Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.