Salud

Por qué muchos trastornos mentales podrían ser más parecidos de lo que creíamos

Imagina a alguien que llega a consulta por ansiedad. Dice que le cuesta respirar, que se preocupa por todo y que evita planes. Pero, al hablar un poco más, aparecen otras piezas: duerme mal, se siente triste casi a diario y le cuesta concentrarse en el trabajo.

Esa mezcla no es rara. A veces, una misma persona encaja en más de una etiqueta clínica. A eso se le llama comorbilidad, que es tener más de un diagnóstico al mismo tiempo.

En los últimos años, muchas ideas en salud mental apuntan a lo mismo: quizá varios trastornos se solapan porque comparten raíces parecidas. En este artículo veremos, con lenguaje claro, qué significa ese solapamiento, qué propone el factor p y los enfoques por “dimensiones”, por qué importa para el diagnóstico y qué podría cambiar en tratamiento y prevención.

Qué significa que los trastornos mentales se parezcan entre sí

Durante mucho tiempo, hemos pensado los trastornos como “cajas” separadas: depresión por un lado, ansiedad por otro, TDAH en otra estantería. Ese orden ayuda a estudiar y a organizar servicios, pero la vida real suele ser menos limpia.

Hoy gana fuerza otra imagen: un mapa con zonas compartidas. No implica que todo sea igual. Implica que distintos problemas pueden compartir síntomas, riesgos y, en parte, bases del cuerpo y del cerebro.

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Esto también explica una experiencia común: cambiar de diagnóstico con el tiempo sin que la persona “se convierta” en otra. A veces cambian los síntomas visibles, pero la base del malestar se mantiene.

La comorbilidad es más común de lo que parece

La comorbilidad aparece por varias razones. Una es simple: muchos síntomas son “transversales”. El insomnio, la irritabilidad o la dificultad para pensar con claridad pueden aparecer en ansiedad, depresión, trauma y otras condiciones.

Otra razón es cómo están hechas las etiquetas. Los manuales diagnósticos agrupan síntomas en listas. Si una persona marca varias listas a la vez, puede terminar con varios nombres para un cuadro que se vive como uno solo.

Un ejemplo fácil: alguien con ataques de pánico empieza a evitar salir. Con el tiempo se aísla, pierde actividades que le daban placer y su ánimo cae. Puede acabar cumpliendo criterios de ansiedad y depresión, aunque el hilo conductor sea el mismo: miedo, evitación y desgaste.

El factor p, una idea simple para entender la raíz común

El factor p (de “psicopatología”) es una forma de resumir algo que se ve en muchos datos: hay personas con una tendencia general a acumular problemas de salud mental, con más intensidad o más duración, y con síntomas mezclados.

Una analogía útil es la de una “temperatura general” del malestar. Esa temperatura no dice qué te pasa en concreto, solo sugiere cuánto se ha calentado el sistema. Luego, encima, aparecen síntomas más específicos: preocupación constante, tristeza profunda, impulsividad o desconexión.

Importante: el factor p no borra diferencias. No dice que ansiedad y psicosis sean lo mismo. Describe una parte compartida del sufrimiento psicológico, y deja espacio para lo particular de cada cuadro.

Qué comparten muchos trastornos: genes, experiencias y circuitos del cerebro

Si varios trastornos se parecen, la pregunta es directa: ¿qué comparten? La respuesta suele salir de tres sitios que se cruzan todo el tiempo: genética compartida, factores de riesgo y hallazgos de neuroimagen.

Conviene decirlo claro: todo esto habla de tendencias en grupos grandes, no de destinos individuales. Dos personas con el mismo diagnóstico pueden tener caminos muy distintos. Y una misma persona puede cambiar mucho con apoyo y tiempo.

Genética compartida: el riesgo puede cruzar diagnósticos

Muchos trastornos mentales son poligénicos. Eso significa que no hay “el gen de la depresión” o “el gen del TDAH”. Hay muchísimas variantes genéticas, cada una con un efecto pequeño, que juntas pueden subir o bajar probabilidades.

En ese contexto, no sorprende que parte del riesgo sea compartido entre diagnósticos. En investigación se observa a menudo solapamiento entre depresión y ansiedad, y también entre condiciones del neurodesarrollo como TDAH y autismo. En algunos trabajos también se describen conexiones genéticas con rasgos relacionados con psicosis, aunque eso no implica que una cosa “lleve” a la otra de forma automática.

La idea central es simple y tranquilizadora: los genes inclinan la balanza, no escriben el guion. El entorno, el aprendizaje, el apoyo social, el sueño y el tratamiento importan mucho.

Factores de riesgo comunes: trauma, estrés y hábitos que afectan al cuerpo

Hay experiencias que empujan en una dirección parecida, aunque el resultado final cambie de persona a persona. El maltrato infantil, la violencia, el abandono o la inseguridad sostenida pueden dejar el sistema de alerta en “modo alto”. También el estrés crónico, el aislamiento social y la falta de descanso pueden ir erosionando la regulación emocional.

¿Por qué estos factores se repiten en tantos cuadros? Porque afectan funciones muy básicas: cómo detectamos amenaza, cómo regulamos emociones, cómo mantenemos la atención y cómo buscamos recompensa. Si esas funciones se alteran, pueden aparecer distintas combinaciones de síntomas.

Aquí conviene evitar culpas. Nadie “elige” tener insomnio por ansiedad o usar sustancias para calmarse. Aun así, pedir ayuda temprano puede cambiar el curso. Tratar el sueño, aprender estrategias ante el estrés y abordar un trauma cuando toca puede reducir sufrimiento y también prevenir complicaciones.

Neuroimagen y el cerebro: señales compartidas, no “pruebas” definitivas

Los estudios de neuroimagen han encontrado patrones que se repiten entre trastornos, sobre todo en redes relacionadas con regulación emocional, control de impulsos, atención y respuesta al estrés.

Eso no significa que una resonancia pueda “diagnosticar” depresión o ansiedad como quien detecta una fractura. El cerebro es variable, y los resultados suelen ser probabilísticos. Aun así, estos hallazgos ayudan a entender mecanismos: qué circuitos se activan de más, cuáles se coordinan peor y cómo influye el estrés prolongado.

En este punto, el puente con el factor p es natural: algunas señales cerebrales parecen asociarse más con una carga general de síntomas que con una etiqueta concreta. Es decir, no siempre diferencian “cajas”, pero sí pueden reflejar el peso acumulado del malestar.

Qué cambia para el diagnóstico y el tratamiento: menos etiquetas, más mecanismos comunes

Si existe una parte compartida entre trastornos, tiene sentido medir algo más que el nombre del diagnóstico. Por eso se habla de evaluar “dimensiones”: intensidades y rasgos que atraviesan categorías.

Ejemplos de dimensiones que suelen usarse en clínica e investigación: nivel de ansiedad, impulsividad, anhedonia (dificultad para sentir placer), problemas de atención, sensibilidad al rechazo, síntomas de trauma.

También se menciona el enfoque RDoC (Research Domain Criteria), que propone estudiar dominios como miedo, recompensa o control cognitivo, combinando conducta, biología y contexto. No reemplaza la práctica clínica diaria de golpe, pero influye en cómo se piensa la investigación y, poco a poco, cómo se diseñan tratamientos.

Diagnóstico por dimensiones: entender la “mezcla” real de síntomas

Dos personas con el mismo diagnóstico pueden parecer de mundos distintos. Una puede estar paralizada por la preocupación y otra por el vacío y la falta de energía. A la vez, dos personas con diagnósticos diferentes pueden compartir insomnio, rumiación y dificultad para concentrarse.

Mirar por dimensiones ayuda a describir mejor esa mezcla. En lugar de solo decir “tienes X”, se puede plantear algo más útil: hay una parte general de malestar (parecida a lo que resume el factor p) y luego hay rasgos específicos que guían la intervención.

En la práctica, esto puede reducir confusión cuando hay comorbilidad y facilita seguir el progreso. A veces mejora antes el sueño que el ánimo. A veces baja la evitación, y entonces aparece la tristeza que estaba tapada.

Tratamientos transdiagnósticos: habilidades que sirven para más de un problema

Transdiagnóstico significa tratar procesos comunes, no solo etiquetas. Si varios trastornos comparten evitación, rumiación, hiperalerta o desorden del sueño, aprender habilidades para esas áreas puede ayudar en más de un cuadro.

Por ejemplo, una terapia centrada en trauma puede reducir ansiedad, irritabilidad y síntomas depresivos cuando el origen es una experiencia dura. Intervenciones típicas para ansiedad, como exposición gradual y trabajo con pensamientos, también pueden mejorar el ánimo al devolver actividad y confianza. Y cambios realistas de estilo de vida, sobre todo sueño, rutinas y movimiento, suelen apoyar el tratamiento, sin venderlos como cura.

Entender lo común no quita lo personal. Al contrario, abre la puerta a planes más ajustados: menos “talla única” y más objetivos concretos.

 

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Margarita Martinez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

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Margarita Martinez

Margarita Martínez es enfermera y redactora apasionada por el bienestar. Escribe sobre temas de estilo de vida, adolescencia y salud, combinando su experiencia clínica con una mirada cercana y humana.