Salud

Por qué muchos trastornos mentales podrían ser más parecidos de lo que creíamos

A mucha gente le pasa algo desconcertante: hoy le dicen “ansiedad”, mañana “depresión”, más tarde aparece “TDAH”, y con los años quizá otro diagnóstico. Y no, eso no siempre significa que tengas “varias enfermedades distintas” apiladas como si fueran cajas.

Cada vez hay más pistas de que muchos trastornos mentales comparten piezas del mismo puzle. Se parecen en síntomas comunes, en cómo se mantienen en el tiempo, y hasta en parte de su biología. En diciembre de 2025, un estudio en Nature analizó 14 trastornos y encontró una genética compartida importante, con patrones que los agrupan en familias.

Esto no borra los diagnósticos, pero sí cambia la forma de entenderlos y abre la puerta a tratamientos transdiagnósticos más útiles para la vida real.

Qué significa que varios trastornos mentales sean “parecidos”

“Parecidos” no es “iguales”. Un diagnóstico sigue siendo una guía para decidir qué evaluar, qué vigilar y qué tratamiento puede encajar mejor. Lo que está cambiando es la idea de que cada etiqueta vive en su propio planeta, sin puentes con las demás.

Piensa en un dolor de pecho. Puede venir por ansiedad, por reflujo, por un problema cardíaco, o por varias cosas a la vez. Con la mente ocurre algo similar: dos personas pueden sentir ansiedad y tristeza, pero por motivos distintos, con ritmos distintos, y con consecuencias distintas.

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Los manuales diagnósticos separan trastornos por conjuntos de síntomas y por duración. Eso es práctico, pero no siempre coincide con lo que pasa “por debajo”. La biología, y también la psicología, suelen mostrar conexiones: rutas compartidas, vulnerabilidades comunes y respuestas parecidas al estrés.

Comorbilidad: por qué es tan común tener más de un diagnóstico

La comorbilidad es, dicho fácil, tener más de un trastorno a la vez, o recibir más de un diagnóstico a lo largo del tiempo. Es muy frecuente porque muchas etiquetas comparten síntomas: problemas de sueño, irritabilidad, rumiación, dificultad para concentrarse, evitación social, cansancio, o sensación de estar “al límite”.

Esto no habla de falta de fuerza de voluntad. A menudo refleja un mismo núcleo de riesgo que se expresa con distintos “colores” según la etapa de vida, el entorno, el cuerpo y la historia de cada persona.

Un ejemplo simple: alguien puede empezar con insomnio y tensión constante. Luego aparecen ataques de pánico. Meses después, la evitación y el agotamiento se parecen a una depresión. Las etiquetas cambian, pero el motor que lo alimenta puede ser muy parecido.

El “factor p”: una vulnerabilidad general que atraviesa varios trastornos

El factor p es una forma de hablar de una vulnerabilidad general a sufrir problemas de salud mental. No es una sentencia, ni una puntuación mágica. Es más bien una idea: existe un “factor común” que hace que algunas personas, en ciertos contextos, tengan más riesgo de desarrollar distintos cuadros.

Ese riesgo general se relaciona con cómo manejamos el estrés, cómo regulamos emociones intensas, y cómo se nos queda pegado un estilo de pensamiento rígido (por ejemplo, anticipar lo peor o quedar atrapados en la culpa). La forma final que toma el problema depende de la mezcla: temperamento, experiencias, apoyo social, sueño, sustancias, y momentos vitales.

Qué está encontrando la ciencia: genética, cerebro y “familias” de trastornos

Durante años, los estudios iban trastorno por trastorno. Ahora se están juntando bases de datos enormes para buscar patrones entre diagnósticos. La pregunta ya no es solo “qué causa la depresión”, sino “qué comparten depresión, ansiedad, TEPT, bipolaridad, esquizofrenia, TDAH, autismo, TOC y otros”.

El estudio publicado en Nature en diciembre de 2025 analizó datos genéticos de más de un millón de personas y comparó 14 trastornos. Encontró 428 variantes genéticas compartidas y 101 regiones cromosómicas asociadas al riesgo compartido. En lugar de ver 14 islas separadas, los autores vieron grupos que se parecen entre sí, como “familias” con un aire de parentesco.

Un punto clave: genética no es destino. Tener riesgo genético no significa que vayas a desarrollar un trastorno. La genética se parece más a un mapa de caminos posibles que a una profecía.

Familias genéticas: cuando distintos diagnósticos comparten la misma base

En ese trabajo, varios diagnósticos se agruparon por solapamiento genético. Los internalizantes (como depresión, ansiedad y TEPT) mostraron un solapamiento enorme: alrededor de 90% de riesgo genético compartido entre depresión, ansiedad y TEPT. Eso ayuda a entender por qué, en consulta, a veces se mezclan como si fueran tintas en agua.

También apareció una familia de neurodesarrollo, con diagnósticos como autismo y TDAH, que comparten parte de su base biológica y suelen empezar temprano. Otra familia reunió trastornos compulsivos como TOC, Tourette y anorexia, con conexiones genéticas consistentes.

El consumo de sustancias formó su propio grupo, con patrones que se cruzan con impulsividad, refuerzo y estrés. Y un dato que suele llamar la atención: esquizofrenia y trastorno bipolar mostraron una similitud genética alta, cerca del 70% (alrededor del 66%) de solapamiento en marcadores, lo que encaja con la experiencia clínica de síntomas que a veces se parecen y a veces se mezclan.

No es solo genética: cómo el estrés y las experiencias activan riesgos compartidos

Si la genética pone el terreno, la vida puede aportar la chispa. Estrés crónico, trauma, consumo de alcohol o cannabis, aislamiento, dolor físico persistente, y sobre todo un mal sueño, pueden activar o empeorar síntomas en personas con predisposición.

Una metáfora útil es la de los interruptores. Los genes influyen en cuán sensibles son los interruptores. Las experiencias diarias, o una etapa dura, pueden encenderlos. Y una vez encendidos, los síntomas se retroalimentan: duermes peor, piensas peor, te aíslas más, y el cuerpo se mantiene en alerta.

Esta combinación explica por qué dos personas con riesgos parecidos pueden terminar con diagnósticos distintos. Una puede caer en evitación y pánico; otra en apatía y tristeza profunda; otra en episodios de energía desbordada o pensamientos extraños. El punto común no es la etiqueta, sino parte del mecanismo.

Qué cambia para pacientes y profesionales: diagnósticos más útiles y tratamientos que se comparten

Si varios trastornos comparten raíces, tiene sentido que compartan estrategias de ayuda. La idea no es eliminar los diagnósticos, sino sumar una visión transdiagnóstica: mirar procesos que se repiten y tratarlos sin depender tanto del nombre del cuadro.

Esto ya se nota en cómo trabajan muchos equipos de salud mental. En la práctica, se evalúa qué síntomas mandan, qué los dispara, qué los mantiene, y qué habilidades faltan. La etiqueta ayuda a ordenar, pero el plan se ajusta a la persona.

Aun así, es temprano para decir que todo cambiará mañana. Lo que sí está cambiando es el foco de la investigación, y eso puede traducirse en mejores tratamientos, prevención más realista y una forma menos culpabilizante de hablar de lo que pasa.

Tratamientos transdiagnósticos: enfocarse en procesos comunes, no solo en etiquetas

Un enfoque transdiagnóstico se centra en procesos que aparecen en muchos trastornos. Por ejemplo, regulación emocional (poder sentir sin desbordarte), rumiación (darle vueltas sin salida), evitación (dejar de hacer vida por miedo), impulsividad (actuar sin freno), y hábitos de sueño (irregularidad, insomnio, horarios caóticos).

Por eso hay personas que mejoran de ansiedad y depresión con herramientas parecidas, aunque el diagnóstico oficial sea distinto. No es magia, es que ciertos mecanismos son compartidos. Cuando se trabaja ese “núcleo”, a menudo bajan varios síntomas a la vez.

Esto también explica por qué una misma intervención puede ayudar a dos personas con etiquetas diferentes, y por qué alguien puede necesitar un plan combinado, con terapia, cambios de rutina, apoyo social y, si toca, medicación supervisada.

Cómo hablar con tu profesional de salud mental sin caer en malentendidos

Leer sobre genética puede ser un alivio, pero también confunde si se convierte en etiqueta. Mejor usar la información para tener conversaciones más claras, no para sacar conclusiones rápidas.

Puedes preguntar cosas simples como: “¿Qué síntomas son el foco ahora?”, “¿Qué factores están manteniendo el problema?”, “¿Qué señales debo vigilar si empeoro?”. Eso ayuda a aterrizar el trabajo en objetivos concretos.

Dos recordatorios importantes: no autodiagnóstico y no ajustes medicación por tu cuenta. Lo más útil es construir un plan de tratamiento con seguimiento, con pasos realistas y revisiones periódicas.

 

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Margarita Martinez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

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Margarita Martinez

Margarita Martínez es enfermera y redactora apasionada por el bienestar. Escribe sobre temas de estilo de vida, adolescencia y salud, combinando su experiencia clínica con una mirada cercana y humana.