Mortalidad materna: morir al dar vida (causas, señales y cómo prevenirla)
¿Cómo puede ser que, en pleno 2026, dar a luz siga siendo un momento de riesgo mortal para tantas mujeres? La mortalidad materna es esa paradoja dura de nombrar: morir al dar vida. Y no se trata de casos raros ni de “mala suerte”. En la mayoría de situaciones, son muertes que se podrían evitar con atención a tiempo, cuidados de calidad y un sistema que no falle cuando más se le necesita.
A escala mundial, el problema sigue siendo enorme. En 2023, la tasa global fue de 197 muertes por cada 100.000 nacidos vivos, con alrededor de 260.000 muertes maternas. Dicho de otra forma, mueren más de 700 mujeres al día, casi una cada 2 minutos. Son cifras que duelen porque cada una tiene nombre, familia, historia y proyectos.
Este artículo busca tres cosas: entender por qué ocurre, reconocer señales de alarma durante el embarazo, el parto y el posparto, y dejar claras las acciones que salvan vidas, desde lo personal hasta lo público.
¿Qué es la mortalidad materna y por qué sigue pasando en 2026?
La mortalidad materna se refiere a la muerte de una mujer durante el embarazo, en el parto o en las semanas posteriores, cuando la causa está relacionada con el propio embarazo o con su atención. No incluye muertes accidentales, sino aquellas ligadas a complicaciones como hemorragias, infecciones o presión alta mal controlada.
A veces se cuenta como una estadística más, pero en realidad suele tener una explicación muy concreta: el problema no se detectó a tiempo, no se llegó a un centro de salud con capacidad de respuesta, o se llegó y no se recibió el tratamiento adecuado. Eso no es destino, es una falla de tiempo y de cuidado.
Ha habido avances desde el año 2000. A nivel global, las muertes maternas bajaron cerca de un 40% hasta 2023, gracias a más acceso a servicios de salud. El freno llegó después: desde 2016 el progreso se ha vuelto lento, y la COVID-19 agravó la situación al interrumpir controles, partos asistidos y atención de urgencias. En salud materna, un cierre, una ambulancia que no llega, o un hospital sin insumos no son detalles, son la diferencia entre vivir y morir.
Los números detrás del problema, del mundo a países hispanohablantes
Cuando se dice “197 por cada 100.000 nacidos vivos”, se habla de una comparación estándar. No significa que 197 mujeres mueran en cada 100.000 embarazos, sino que por cada 100.000 bebés nacidos vivos, esa es la cantidad de muertes maternas registradas. Sirve para ver desigualdades y cambios en el tiempo.
En 2023, el mundo registró unas 260.000 muertes maternas. Y lo más revelador es dónde ocurren: más del 92% sucede en países con menos recursos. Esto no apunta a biología distinta, sino a brechas en atención, transporte, personal sanitario y condiciones de vida.
En América Latina y el Caribe, la tasa regional en 2023 fue de 59 por 100.000 nacidos vivos, con grandes diferencias entre países. En años recientes también se habló de un repunte regional entre 2015 y 2020, en torno al 15%, asociado a desigualdad, crisis de servicios y barreras de acceso. En países de ingresos altos como España, las tasas suelen ser mucho más bajas, por debajo de 20 por 100.000, lo que muestra algo simple: cuando el sistema funciona, la mayoría de muertes se evita.
Las raíces del riesgo, pobreza, distancia, discriminación y sistemas de salud frágiles
La mortalidad materna crece donde el embarazo se vive con obstáculos. Falta de controles prenatales, centros sin personal suficiente, turnos imposibles, costos de transporte, carreteras malas, o una maternidad que queda a horas de distancia. Todo eso suma riesgo, aunque la gestación vaya “bien” al principio.
También pesan la violencia y la discriminación. Hay mujeres que evitan ir al centro de salud por miedo al maltrato, por barreras de idioma, por racismo, por ser migrantes o por vivir en zonas rurales donde el sistema llega tarde o llega mal. Cuando el trato no es digno, la gente se aleja, y ese alejamiento cuesta caro.
En salud materna se habla mucho de las “demoras”. No hace falta memorizar teorías para entenderlo: tardar en reconocer que algo va mal, tardar en llegar a un lugar con atención y tardar en recibir el tratamiento correcto. En esas tres etapas se juegan acceso, calidad y tiempo.
Causas más comunes, señales de alarma y mitos que ponen en peligro
Las causas médicas principales son conocidas y, lo más importante, muchas son prevenibles si se actúa rápido. El problema es que se normalizan síntomas peligrosos o se asume que “es parte del embarazo”. Ese mito mata.
Otra idea engañosa es pensar que el riesgo termina cuando nace el bebé. El posparto es un periodo sensible. Hay complicaciones que aparecen en casa, de madrugada, con cansancio acumulado, y con una familia que quizá no sabe distinguir lo normal de lo urgente.
Aquí no se trata de vivir con miedo, sino de tener un radar encendido. La diferencia entre un susto y una tragedia suele ser pedir ayuda antes, insistir si no te escuchan y llegar a un lugar que pueda resolver.
Lo que más mata, hemorragias, infecciones e hipertensión, y cómo se pueden evitar
La hemorragia puede aparecer durante el parto o después, incluso horas más tarde. A veces empieza como un sangrado que parece “un poco más de lo esperado” y en minutos se vuelve crítico. Se previene y se trata con vigilancia, medicamentos uterotónicos, transfusiones cuando hacen falta y equipos entrenados para actuar sin perder tiempo.
Las infecciones, incluida la sepsis, pueden comenzar con fiebre, malestar intenso o un flujo con mal olor. No siempre se ven “dramáticas” al inicio, y por eso se subestiman. Con antibióticos a tiempo, higiene adecuada y control clínico, la mayoría se controla. Sin eso, avanzan rápido.
La hipertensión del embarazo, y sus formas graves como la preeclampsia y la eclampsia, también está entre las causas más comunes. Puede manifestarse con dolor de cabeza fuerte, visión borrosa o hinchazón repentina. El control regular de presión, la detección precoz y medicamentos específicos salvan vidas. Y hay un recordatorio importante: una crisis sanitaria puede empeorar todo. En 2021 y 2022 se estimaron unas 40.000 muertes maternas extra por el impacto de la COVID-19 en los servicios.
Señales que no deben esperar, sangrado, dolor fuerte, fiebre y falta de aire
El sangrado abundante nunca debería “aguantarse” en casa, sobre todo si empapa compresas rápido o viene con mareo. Un dolor de cabeza intenso con visión borrosa, zumbidos o puntos de luz puede ser señal de presión peligrosa. La hinchazón repentina en cara o manos también merece revisión inmediata.
La fiebre en embarazo o posparto, más aún si hay escalofríos, mal olor en el flujo o dolor pélvico fuerte, puede indicar infección. El dolor de pecho, la falta de aire, el desmayo, la confusión o las convulsiones son urgencia real, no se espera “a ver si se pasa”.
Y hay una parte que se calla demasiado: la salud mental. Tristeza extrema, ansiedad fuera de control, sensación de desconexión, o ideas de hacerse daño o dañar al bebé son señales para pedir ayuda ya. No es debilidad, es un problema de salud que tiene tratamiento. Regla simple: si algo “se siente mal”, busca atención de inmediato, aunque alguien diga que estás exagerando.
Cómo reducir la mortalidad materna, soluciones reales que salvan vidas
Reducir la mortalidad materna no depende de una sola cosa. Es una cadena de cuidados que empieza antes del embarazo y sigue después del parto. Importa la educación en salud, sí, pero también importan los turnos disponibles, la presencia de personal capacitado, el acceso a medicamentos y la capacidad de responder a una emergencia en minutos, no en horas.
En lo personal, ayuda planificar cuando se puede, tratar enfermedades previas, y acudir a controles aunque “todo parezca normal”. En lo público, se necesita inversión sostenida: parteras y obstetras en cantidad suficiente, centros con protocolos claros, transporte de emergencia, sangre segura y cobertura universal. En salud materna, el recorte se paga en vidas.
La familia y la comunidad también cuentan. Acompañar no es opinar sobre el cuerpo ajeno, es ofrecer apoyo real: estar disponible para trasladar, cuidar a otros hijos si hace falta, ayudar a que la mujer descanse y, sobre todo, tomar en serio cualquier señal de alarma.
Atención prenatal y posparto de calidad, el cuidado no termina al salir del hospital
El control prenatal detecta anemia, infecciones, presión alta y riesgos que no siempre dan síntomas. También permite hablar de un plan de parto y un plan de emergencia, con decisiones prácticas como dónde ir, cómo llegar y qué hacer si aparece una señal de peligro.
El posparto requiere el mismo enfoque. Muchas muertes ocurren en las primeras semanas tras el nacimiento, cuando baja el seguimiento y sube el desgaste. La continuidad de cuidados significa visitas posparto, evaluación del sangrado, de la presión, del dolor, de la lactancia y del estado emocional. No debería depender de tener suerte con el centro que te toque.
Cambios en el sistema y en la sociedad, más parteras, mejores servicios y derechos
Si el mundo quiere acercarse a la meta global de 2030 (menos de 70 muertes por 100.000 nacidos vivos), no alcanza con mejoras lentas. Haría falta acelerar la reducción anual, cerca del 15%. Eso exige sistemas que funcionen todos los días, no solo cuando hay campañas.
Se necesitan más profesionales formados, turnos accesibles, derivaciones rápidas, medicamentos esenciales siempre disponibles y atención sin maltrato. También se necesita respetar derechos básicos: información clara, consentimiento, intimidad y trato digno. La salud materna mejora cuando las mujeres confían en el sistema y cuando el sistema responde sin demora.
Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.