Liset Menéndez de la Prida y la trampa de buscar placer todo el tiempo: por qué aburrirse también es salud
la neurocientífica Liset Menéndez de la Prida advierte: «No es normal buscar el placer permanentemente; es importante aburrirse, estar tranquilo». En la vida diaria, «buscar placer» no es solo fiesta o lujo. También es saltar de serie en serie, picar por ansiedad, comprar por impulso o revisar mensajes para sentir un alivio rápido.
Esperas el ascensor y, antes de que se cierre la puerta, ya has desbloqueado el móvil. Dos notificaciones, un vídeo corto, un titular. Luego llega el metro y haces lo mismo. Parece inofensivo, pero suma. Sin darte cuenta, tu día se convierte en una cadena de mini premios.
Menéndez de la Prida, investigadora del CSIC y directora del Centro de Neurociencias Cajal en Madrid, estudia cómo el cerebro construye recuerdos y organiza la experiencia en el espacio y el tiempo. Su mensaje, llevado a tierra, es simple: no se trata de prohibir el placer, sino de entender la diferencia entre placer, bienestar y calma, y recuperar el valor del aburrimiento.
Qué pasa en el cerebro cuando no paramos de buscar placer
El cerebro aprende por repetición. Si algo te da una recompensa rápida, tiende a pedirlo otra vez. Pasa con una notificación, con el dulce «solo un bocado», con el capítulo automático. No es debilidad moral, es aprendizaje básico. El problema aparece cuando esa recompensa se vuelve el modo por defecto.
En ese ciclo, la atención se fragmenta. Empiezas algo y, a los pocos minutos, tu mente busca otra cosa. Además, se forma hábito: no miras el móvil por necesidad real, sino por un impulso que aparece en cuanto hay un hueco. Y cuando lo repites muchas veces, el silencio se vuelve raro, casi sospechoso, como si faltara algo.
La vida moderna lo empuja. Hay mucha información y poco descanso mental. Por eso mucha gente siente que no llega a todo, aunque no pare.
Placer rápido no es lo mismo que bienestar estable
El placer rápido se parece a un chispazo. Ilumina un segundo, pero no calienta la casa. En cambio, el bienestar estable se construye con hábitos que, al terminar, te dejan mejor por dentro.
Por ejemplo, hacer scroll sin fin puede darte distracción inmediata, pero a menudo termina en cansancio y comparación. Una conversación tranquila, dormir bien o pasear sin prisa quizá no dan un «subidón», pero sí dejan una sensación más amplia, como respirar con espacio.
Aquí entra una idea clave: la tolerancia. Si te acostumbras a estímulos intensos y frecuentes, cada vez necesitas más para notar lo mismo. El vídeo debe ser más corto, el contenido más fuerte, el click más rápido. Mientras tanto, las cosas simples pierden sabor, aunque sean las que sostienen tu equilibrio.
Sobrecarga diaria, ansiedad y cansancio mental, cuando el entorno aprieta más que el cerebro
En una entrevista de 2025, Menéndez de la Prida relacionó estrés, ansiedad y sobrecarga con el modo de vida, no con un cerebro «defectuoso». Muchas veces no hay una enfermedad de base. Hay un entorno que no da tregua.
Cuando encadenas tareas, pantallas y decisiones, tu cuerpo se queda en modo alerta. Y aunque te sientes en el sofá, por dentro sigues acelerado. Algunas señales son muy comunes: irritabilidad, dificultad para concentrarte, sueño más ligero y una sensación de cansancio mental que no se va con una siesta.
No es raro entonces buscar placer rápido para «compensar». El problema es que esa compensación, si se repite, se convierte en otra carga.
El valor del aburrimiento y la tranquilidad, lo que el cerebro hace cuando parece que no hace nada
El aburrimiento tiene mala fama, pero no siempre es sufrimiento. A veces es solo el primer minuto incómodo antes de que baje el ruido. Es como entrar en una habitación silenciosa después de estar todo el día en una calle con tráfico. Al principio molesta, luego descansa.
La tranquilidad tampoco es una pose zen. Es un estado donde el sistema baja revoluciones. Y eso tiene efectos reales: recuperas margen, vuelves a notar el cuerpo, ordenas ideas. Además, el cerebro necesita pausas para integrar lo vivido. Si todo es estímulo, no hay tiempo para «archivar».
El trabajo divulgativo de Menéndez de la Prida sobre memoria, contexto, espacio y tiempo ayuda a entenderlo: la experiencia no se guarda como un archivo exacto, se teje con sensaciones, lugares y momentos. Para que ese tejido tenga sentido, hacen falta huecos.
Aburrirse un poco no te quita vida, te la devuelve, porque te permite elegir en vez de reaccionar.
Cuando te aburres, tu mente organiza, recuerda y encuentra ideas
Hay una razón por la que muchas ideas aparecen en la ducha. O caminando sin auriculares. O mirando por la ventana en un trayecto. En esos momentos, no estás consumiendo estímulos nuevos todo el tiempo, entonces tu mente puede conectar puntos.
También ayuda a consolidar memoria. Sin entrar en tecnicismos, piensa en esto: si solo metes cosas en una mochila y nunca la abres, un día no encuentras nada. Las pausas son ese momento de abrir, ordenar y tirar lo que sobra.
Por eso, cuando llenas cada espera con pantalla, pierdes algo más que tiempo. Pierdes el espacio donde se cocina la comprensión, donde decantas lo que te pasó y lo conviertes en aprendizaje.
Tranquilidad no es pasividad, es entrenar la capacidad de estar contigo
Estar tranquilo no significa «no hacer nada» todo el día. Significa que tu ritmo interno no va siempre por delante de tus pasos. Esa calma se entrena, igual que un músculo. Al principio cuesta porque aparece la inquietud, pero luego se vuelve un refugio.
Una parte importante es la tolerancia a la incomodidad (pequeña). Sentir ganas de mirar el móvil y no hacerlo durante un minuto. Notar el aburrimiento sin taparlo. Respirar y esperar a que pase la ola. No es castigo, es práctica.
Con el tiempo, esa capacidad te da libertad. Ya no dependes tanto del estímulo para sentirte bien.
Cómo llevar esta idea a tu día sin volverte radical
No hace falta mudarse a una cabaña ni borrar todas las apps. La meta es más realista: alternar placer con pausa y presencia. Si tu día es una autopista de estímulos, introduce rotondas. Si es una lista infinita, mete dos líneas en blanco.
Empieza por momentos concretos. Los cambios pequeños ganan por acumulación, porque no activan la resistencia típica del «lo dejo todo y ya está». Además, el objetivo no es vivir sin disfrute, sino elegirlo mejor. El placer elegido descansa. El placer automático agota.
Cuando lo pruebas, suelen aparecer beneficios simples: duermes algo mejor, te concentras con menos esfuerzo y te notas menos reactivo. No es magia, es recuperar aire.
Pequeñas pausas sin pantalla para recuperar el control de tu atención
Prueba a reservar los primeros 10 minutos de la mañana sin móvil. No para meditar perfecto, solo para empezar sin ruido. Luego, en colas o trayectos cortos, deja el teléfono en el bolsillo y mira alrededor. Observa la impaciencia. Suele subir y bajar como una espuma.
Por la noche, crea una franja breve sin pantalla antes de dormir. Si puedes, deja el móvil fuera del dormitorio o activa «no molestar» durante 30 minutos. Al principio notarás el tirón, como si te faltara una muleta. Después aparece algo distinto: una calma más física.
Crea placer con sentido, actividades que te calman y te nutren
El filtro es sencillo: «¿esto me deja más tranquilo después?». No siempre será sí, pero te orienta. Cocinar algo simple, leer unas páginas, hacer deporte suave o quedar con un amigo suelen dejar un poso bueno. Lo mismo con la naturaleza, incluso un paseo corto.
En cambio, si terminas una hora de vídeos con la cabeza llena y el pecho apretado, quizá no era descanso, era anestesia. Elegir placer con sentido no es ser puritano. Es cuidar el sistema que te sostiene.
Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.