Sexo y relaciones

Infidelidad a través de la historia: ¿son más infieles los hombres o las mujeres?

¿La infidelidad es “cosa de ahora” o siempre estuvo ahí? Cambian las formas, pero el impulso de buscar algo fuera de la pareja es antiguo. Hoy hablamos de infidelidad sexual (tener relaciones), emocional (crear un vínculo íntimo y secreto) y también digital (mensajes, chats, coqueteo sostenido en redes).

Aun así, mirar la historia solo como un concurso de “quién engaña más” se queda corto. Durante siglos pesaron más las leyes, la religión, el poder, la clase social y, sobre todo, el riesgo de admitirlo. Con ese filtro, es más fácil entender por qué muchas traiciones se escondían y por qué otras se toleraban.

La idea clave para 2026 es sencilla: en la mayoría de datos recientes, los hombres siguen reportando más infidelidad, pero la brecha se ha reducido y, en jóvenes, a veces se mueve en otra dirección.

Infidelidad a través de la historia, lo que cambiaba no era el deseo, era el castigo

Cuando una sociedad castiga con dureza, la gente no deja de hacer cosas, aprende a ocultarlas mejor. En la infidelidad esto se ve claro: en muchos periodos históricos, el foco no fue el deseo en sí, sino el control de la sexualidad femenina. No por “moral” pura, sino por paternidad, herencia y reputación familiar.

Por eso aparece una doble vara: el adulterio masculino podía leerse como un “exceso” o una travesura, mientras que el femenino se trataba como amenaza. ¿A qué amenaza? A la certeza de la descendencia, al orden de propiedades, al honor del linaje. Con ese miedo, las reglas se hicieron asimétricas y el castigo cayó, con frecuencia, sobre ellas.

Artículos Relacionados

También influyó la clase social. En la élite, los amantes podían ser un secreto a voces. En clases populares, donde había menos margen y más vigilancia comunitaria, la sanción social pesaba. Y si sumamos religión y tribunales, el resultado es el mismo: lo que sabemos del pasado no siempre refleja lo que ocurrió, sino lo que se podía confesar sin pagar un precio altísimo.

Antigüedad, leyes duras para ellas y tolerancia para ellos (Roma, China, Japón, aztecas)

En la Roma antigua, el adulterio femenino llegó a tratarse como delito en ciertos momentos. La lógica era política y familiar: proteger el matrimonio como institución de herencia. En la práctica, eso permitió una doble moral. Un hombre con aventuras podía esquivar el escándalo con dinero y estatus; una mujer quedaba marcada.

La figura de Mesalina se convirtió en símbolo de exceso sexual en relatos posteriores, muchas veces con una carga propagandística. Importa el ejemplo por lo que revela: cuando una mujer rompía el guion, la historia tendía a retratarla con crueldad, como aviso para las demás.

En China y Japón tradicionales, el peso del orden familiar también empujó normas que vigilaban más a la mujer casada, aunque los matices variaron por época y región. El punto común es la idea de “pureza” ligada a la continuidad del clan. El hombre, en cambio, podía tener concubinas o relaciones toleradas en ciertos marcos, sin que eso se llamara lo mismo.

En el mundo azteca, las fuentes describen castigos severos para el adulterio, incluso para ambos sexos. Eso no significa igualdad emocional, sino control social extremo: el problema era el desorden, no el dolor de la pareja.

Edad Media y Renacimiento, el “honor” y el miedo a la paternidad marcaron las reglas

En la Europa medieval, la infidelidad femenina podía acabar en violencia directa. El concepto de honra funcionó como permiso social para la humillación pública, el encierro o el daño físico. La idea era brutal: si la paternidad se volvía “dudosa”, el hombre perdía estatus y la familia “se manchaba”.

Mientras tanto, en círculos nobles apareció una zona gris. El llamado amor cortés idealizaba el deseo fuera del matrimonio, con códigos románticos y secretos. No siempre implicaba sexo, pero normalizaba el juego de miradas, cartas y “devoción” a otra persona. Ese doble discurso convivía con sermones religiosos contra el pecado.

En el Renacimiento y en las monarquías, la tolerancia hacia la infidelidad masculina de la élite fue evidente. Reyes con amantes conocidas, como Luis XIV, podían sostener una imagen pública sin que su poder se derrumbara. El mensaje era claro: el escándalo no era el engaño, era quién se atrevía a hacerlo y quién debía pagar.

Entonces, ¿son más infieles los hombres o las mujeres hoy? Lo que dicen las cifras recientes y sus trampas

Cuando pasamos del pasado a datos recientes, aparece una ventaja: ya no dependemos solo de crónicas y rumores, sino de encuestas. Pero también hay trampas. La infidelidad no se mide igual en todos los países, ni con las mismas preguntas, ni con la misma valentía para contestar.

Aun con esas limitaciones, el patrón general se repite en muchos estudios: si hablamos de sexo físico “consumado”, los hombres suelen reportar más. Si ampliamos el foco a lo emocional y lo digital, las diferencias se estrechan y, en algunos rangos de edad, casi se empatan.

Otro detalle: el modo de preguntar cambia el resultado. Una encuesta anónima por internet suele recoger más confesiones que una entrevista cara a cara. Y lo que cada persona entiende por “engaño” también varía, desde un beso hasta una conversación subida de tono.

Lo que muestran encuestas recientes, la ventaja masculina sigue, pero la brecha baja

En cifras globales recientes, se repite una idea: más hombres que mujeres admiten haber engañado. Algunos análisis sitúan el promedio alrededor de un 23% en hombres frente a un 16% a 17% en mujeres. Dicho simple, ellos confiesan más, pero ellas no están “muy lejos”.

En España, también se ve esa diferencia. Hay datos que apuntan a que cerca del 38% de los hombres reconoce haber sido infiel alguna vez, frente a alrededor del 27% de las mujeres. La distancia existe, pero no es la de antes. De hecho, la brecha se ha reducido de forma clara desde los años noventa.

En México, la distancia aparece más marcada en algunas investigaciones, con cifras aproximadas del 30,6% en hombres y 16% en mujeres. Aquí conviene ir con cuidado: el contexto cultural, la forma de preguntar y el entorno (urbano o rural) puede mover mucho el resultado.

En jóvenes de 18 a 29 años se observa algo llamativo en ciertos estudios: la balanza puede equilibrarse o incluso inclinarse ligeramente hacia ellas en algunas conductas. No significa “cambio total”, pero sí un aviso: las normas sociales cambian y la confesión también.

Por qué es difícil medir la infidelidad, vergüenza, privacidad y “micro-cheating” digital

La infidelidad se esconde por motivos obvios: culpa, miedo a perder la relación, vergüenza, o simple deseo de proteger la imagen propia. Eso afecta distinto a hombres y mujeres, porque el juicio social no pesa igual en todos los entornos. En algunos lugares, a ellos se les celebra y a ellas se les castiga, aunque sea con comentarios.

Además, hoy existe una capa nueva: la infidelidad digital. No hace falta quedar en un bar. Basta con un chat borrado, un coqueteo constante, o una conversación íntima que se mantiene en secreto. Ahí entra el término micro-cheating, que suele referirse a señales pequeñas pero repetidas: likes con intención, mensajes ocultos, apodos cariñosos, o “confidencias” que se esconden a la pareja.

Por eso comparar hombres y mujeres depende de qué conducta se mida. Si la pregunta es “¿tuviste sexo con otra persona?”, la respuesta da un mapa. Si la pregunta es “¿mantuviste una relación emocional secreta o un vínculo online?”, el mapa cambia. Y, para muchas parejas, el daño puede sentirse igual de real.

Más que género, qué empuja a la infidelidad, y qué puede hacer una pareja para prevenirla

Reducir todo a “ellos son así” o “ellas son así” no ayuda. En la vida real, la infidelidad suele nacer de una mezcla: oportunidad, desconexión, resentimientos y una necesidad de sentirse visto. El género influye, sí, pero no explica por sí solo por qué alguien cruza la línea.

Hablar de prevención no significa vivir vigilando. Significa construir acuerdos claros y cuidar lo cotidiano. Una relación es como una casa: no se cae por una grieta pequeña, se cae por meses de no repararla.

Motivos comunes en la vida real, distancia emocional, rutina, tiempo juntos y crisis de etapa

Muchos engaños empiezan antes del primer beso. Empiezan con distancia emocional, discusiones que nunca se cierran, o silencio acumulado. También con rutina, cansancio y poco tiempo de calidad. Si una pareja solo se gestiona en modo logística, la intimidad se enfría.

Entre los 30 y los 50, algunas personas atraviesan crisis de etapa: cambios de cuerpo, de trabajo, de identidad. Buscar validación fuera puede sentirse como un atajo, aunque luego salga caro. Y cuando hay poca presencia (viajes, turnos, pantallas), el riesgo sube porque se reduce la conexión diaria.

Cómo poner límites y reconstruir confianza, acuerdos, señales de alerta y cuándo pedir ayuda

Los límites no se adivinan, se acuerdan. Vale la pena hablar de redes sociales sin dramatizar: qué se considera coqueteo, qué se comparte, qué se guarda en secreto y por qué. La transparencia no es entregar contraseñas por obligación, es poder responder sin ponerse a la defensiva.

Las señales de alerta suelen ser simples: más secretos, cambios bruscos de hábitos, proteger el móvil como si fuera una caja fuerte, o una nueva “amistad” que desplaza a la pareja. Si el tema se habla pronto, es más fácil corregir el rumbo.

Cuando ya hubo engaño, reconstruir exige tiempo y conversaciones sin gritos ni amenazas. Y si el diálogo se atasca, pedir terapia de pareja o apoyo individual puede ser lo más práctico, no un “fracaso”.

 

¿Le resultó útil este artículo?
Margarita Martinez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

Publicidad

Margarita Martinez

Margarita Martínez es enfermera y redactora apasionada por el bienestar. Escribe sobre temas de estilo de vida, adolescencia y salud, combinando su experiencia clínica con una mirada cercana y humana.