Quién es Brigitte Schabaillie y qué aporta su enfoque de arteterapia accesible
¿Y si el arte fuera un botón de pausa, sin tener que saber dibujar? La propuesta de la arteterapia va por ahí, usar color, formas y gesto para bajar el ruido interno y escuchar qué pasa por dentro. Por eso muchas personas buscan arteterapia en casa, con un vídeo guiado que marque el ritmo y quite presión.
Aquí entra Brigitte Schabaillie, arteterapeuta francesa con un enfoque cercano y muy práctico. Su forma de acompañar, basada en ejercicios sencillos, se presta bien a convertirla en una sesión casera guiada por vídeo (ya sea un vídeo que sigas, o uno que te grabes con indicaciones). La idea no es “hacer arte bonito”, sino cuidar el bienestar emocional con un proceso creativo sin juicio y con sentido.
Quién es Brigitte Schabaillie y qué aporta su enfoque de arteterapia accesible
Brigitte Schabaillie es una arteterapeuta francesa certificada en Art-thérapie Évolutive®, con base en Gif-sur-Yvette. Trabaja con perfiles muy distintos (niños, adolescentes, adultos, mayores y personas con discapacidad) y suele llevar la arteterapia a lugares cotidianos como escuelas, asociaciones y grupos de apoyo. Ese detalle importa, su manera de guiar no está pensada para “artistas”, sino para gente real, con días buenos y días torcidos.
Su enfoque es suave y progresivo. En vez de pedir resultados, propone un camino: empezar, probar, observar y ajustar. En sus talleres suele usar materiales básicos y dinámicas simples, porque lo esencial no es la técnica, sino lo que se mueve por dentro cuando eliges un color, repites una forma o llenas el papel con líneas que no sabías que necesitabas.
Dicho en llano, la arteterapia es usar el acto de crear para expresar y ordenar emociones. Se parece a una clase de dibujo tanto como un paseo se parece a una carrera. En una clase aprendes “cómo se hace”, en arteterapia exploras “cómo estás”. Eso puede apoyar momentos de estrés, ansiedad o baja autoestima porque da una vía de salida a lo que cuesta decir con palabras, sin prometer curas mágicas.
Si hay malestar intenso o persistente, o sientes que no puedes con ello, esto no sustituye atención profesional. Puede ser un complemento amable, no un reemplazo.
Arteterapia no es “ser artista”, es darte permiso para sentir
El centro no es el resultado, es el proceso. Si entras a la sesión buscando que quede “bien”, aparece la misma presión que ya te acompaña fuera del papel. En cambio, cuando te das permiso para manchar, borrar, apretar el lápiz o cambiar de idea, la mente afloja.
A veces una emoción no tiene nombre, pero sí tiene forma. Puede ser un nudo que sale como un círculo apretado, una rabia que pide rojo, o una tristeza que se mueve en líneas finas y repetidas. No hace falta interpretar como si fuera un test, basta con notar. Crear así es como poner una linterna en una habitación a oscuras, no cambia el pasado, pero te deja ver dónde estás pisando.
Cómo hacer tu propia sesión siguiendo el vídeo, paso a paso y sin complicarte
Empieza por elegir un lugar donde puedas respirar sin interrupciones. No tiene que ser perfecto, puede ser una esquina de la mesa, una bandeja en el sofá o el suelo con una manta. Lo importante es que sientas espacio seguro, aunque sea pequeño. Si puedes, pon el móvil en modo silencio y deja un vaso de agua cerca. Ese gesto ya le dice al cuerpo: “ahora bajamos el ritmo”.
Prepara materiales comunes: papel (mejor si es un poco grueso), lápiz, goma, rotuladores o ceras, y si tienes, acuarelas. No necesitas comprar nada especial. La arteterapia casera funciona cuando el material no se convierte en una excusa para posponer. Si te apetece, añade música suave, pero si el vídeo ya incluye música, mejor no mezclar.
Antes de darle al play, haz una pausa breve. Tres respiraciones lentas bastan. Nota los hombros, la mandíbula, el estómago. No busques “relajarte”, solo observa. Luego inicia el vídeo guiado y decide algo simple: vas a seguir el ritmo del ejercicio, no el ritmo de la prisa. Si el vídeo propone un trazo lento, prueba a sostenerlo. Si propone repetir una forma, repítela. Si te pierdes, vuelve al gesto más básico, una línea, un punto, un color.
Una sesión casera suele encajar bien en 20 a 40 minutos. Menos de 10 a veces se queda corto, salvo que lo uses como “pausa de emergencia” en un día caótico. Si buscas crear hábito, dos o tres veces por semana funciona mejor que hacerlo una vez al mes con mucha intensidad. El cuerpo aprende por repetición, como cuando vuelves a una canción y cada vez escuchas algo nuevo.
Si tienes poco tiempo, reduce el tamaño del papel y marca un inicio y un final claros. Puedes proponerte “solo fondo de color” o “solo líneas” durante 12 minutos, y cerrar igual. Si hay niños en casa, invítales a crear a tu lado, pero con una regla simple, cada quien hace su hoja, sin corregir al otro. La sesión se sostiene mejor cuando el ambiente es sin juicio.
Para cerrar, no cortes en seco. Baja el volumen del vídeo o pon pausa y mira tu respiración un momento. Ordena los materiales sin prisa, como si estuvieras guardando algo valioso. Ese gesto es parte del cierre, y ayuda a que la calma no se quede solo en la mesa, sino que te acompañe después.
Qué hacer durante la sesión para que sea terapéutica y no solo “manualidades”
La intención lo cambia todo. Mientras creas, vuelve a tu cuerpo de vez en cuando. Nota si aprietas los dientes, si contienes el aire, si la mano se acelera. Puedes usar una frase interna muy simple: “cómo me siento al empezar y cómo me siento al terminar”. Esa comparación vale más que cualquier técnica.
Elige colores por emoción, no por lógica. Si sale algo “feo” o raro, déjalo vivir. Muchas veces lo que incomoda es justo lo que necesitaba espacio. Si la incomodidad sube demasiado, vuelve a lo básico: respirar, apoyar los pies, hacer trazos suaves y repetidos. La clave es la amabilidad contigo, no forzar una catarsis.
Cómo mirar tu creación al final y llevarte un aprendizaje real
Mira tu hoja como si fuera de otra persona, con curiosidad tranquila. Observa qué parte te atrae o te molesta, qué formas se repiten, dónde hay más presión o más vacío. Si te nace, ponle un título sencillo, una palabra o una frase. Eso convierte el dibujo en un espejo, no en un examen.
Después escribe dos o tres líneas en un cuaderno. No para analizar, sino para dejar un rastro. Puedes anotar qué emoción apareció, qué color elegiste sin pensar, o qué te gustaría darte hoy. Esa reflexión suele traer un mensaje práctico, a veces pequeño, como “necesito descanso” o “me falta pedir ayuda”. Eso también es cuidado personal, y no necesita grandes discursos.
Beneficios, límites y señales de que necesitas apoyo extra
Una sesión de arteterapia guiada en casa puede traer calma y sensación de pausa mental. También mejora la concentración, porque te ancla al gesto y al presente. Con el tiempo, ayuda a la expresión emocional, no porque “solucione” todo, sino porque abre un canal. Y sí, puede tocar la autoestima, porque terminas algo, te escuchas y te respetas. A veces aparece una chispa de juego que hacía falta, como cuando de niño pintabas sin pensar en la opinión de nadie.
Los límites también importan. Esto no es un diagnóstico, ni un tratamiento por sí solo, ni una prueba para “descubrir qué te pasa”. Si durante la práctica aparece angustia intensa, crisis frecuentes, pensamientos de autolesión, o sientes que pierdes el control, busca apoyo profesional cuanto antes. En esos casos, un vídeo puede acompañar, pero no sostenerlo todo.
Si lo integras con hábitos básicos, suele funcionar mejor: dormir lo que puedas, hacer pausas reales, moverte un poco, y hablar con alguien de confianza. La arteterapia se vuelve más útil cuando no carga sola con todo el peso.
Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.