Sexo y relaciones

La homosexualidad fue delito en Colombia hasta 1981: la historia que casi nadie cuenta

Imagina salir de un bar y bajar la voz de golpe. Mirar hacia atrás por si viene una patrulla. Guardar rápido una carta, una foto, cualquier señal que pueda volverse “prueba”. Durante décadas, para muchas personas en Colombia, el amor no solo era un secreto, era un riesgo.

La idea central es simple y dura: la homosexualidad fue delito en Colombia hasta 1981. No se trata solo de una fecha. Se trata de cómo el Código Penal convirtió la intimidad en sospecha, de cómo esa ley se aplicó (o se usó) en la vida diaria, y de quiénes empujaron la despenalización.

En este recorrido vas a entender qué decían las normas, cómo se vivían en la calle, por qué el cambio llegó en 1981, y por qué esta parte de la historia todavía se cuenta a medias.

De pecado a delito: las leyes que convirtieron la homosexualidad en crimen (1837 a 1981)

El castigo no siempre empezó con la cárcel. Empezó con la idea de que ciertos deseos eran “indecentes” y, por tanto, perseguibles. Con el tiempo, esa mirada moral se volvió artículo, sentencia y amenaza.

En Colombia, los códigos penales fueron cambiando, pero la lógica se repetía: controlar la sexualidad, proteger una “moral pública” definida desde arriba, y señalar a quienes no encajaban. Para una persona común, eso significaba vivir con una pregunta en la cabeza: “¿y si alguien me denuncia?”

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1837 y 1936: los artículos que castigaban el deseo

El Código Penal de 1837 no nombraba de forma directa la homosexualidad, pero el ambiente legal y social ya castigaba lo que se saliera de la norma, sobre todo cuando se hablaba de “escándalo” o “corrupción”. Ese silencio no era neutral: dejaba espacio para la sospecha y el señalamiento.

La criminalización se volvió más clara en normas posteriores. En 1890, por ejemplo, apareció un castigo para “abusos” entre personas del mismo sexo (incluyendo casos con adolescentes), con penas reportadas de 3 a 6 años de reclusión. La palabra “abuso” se usaba de forma amplia, y eso facilitaba lecturas interesadas.

El punto de quiebre llegó con el Código Penal de 1936, que tipificó el llamado acceso carnal homosexual (artículo 323, según las fuentes históricas más citadas). La sanción se movía entre 6 meses y 2 años de prisión. No era solo letra: esa norma servía como excusa para persecución y reforzaba el estigma.

El giro de 1980 que entró a regir en 1981: cómo se despenalizó

El cambio legal se dio con el Decreto 100 del 23 de enero de 1980, que expidió un nuevo Código Penal. Su entrada en vigencia fue el 24 de enero de 1981, y con ella se eliminaron los artículos que castigaban la homosexualidad consentida entre adultos.

Esto es clave para evitar confusiones: no se “legalizó todo”. Lo que siguió siendo delito fue lo que ya lo es en cualquier marco de derechos, la violencia, el engaño, el abuso y los actos con menores de edad. La diferencia es enorme: el consentimiento dejó de ser tratado como crimen cuando se trataba de relaciones entre adultos.

La despenalización fue un paso jurídico; la vida real, como se verá, no cambió de un día para otro.

La vida bajo la persecución: redadas, chantajes y silencios que casi no quedaron en archivos

Cuando una conducta es delito, no hace falta una condena para que exista daño. Basta la amenaza. En la práctica, muchas personas vivieron una mezcla de prudencia y miedo: cambiar rutas, evitar ciertos parques, no dar nombres reales, no confiar en desconocidos.

Los archivos oficiales suelen ser fríos o incompletos. Y hay una razón: pocas víctimas denunciaban. ¿Cómo hacerlo, si la misma norma podía volverse contra ti? Esa ausencia documental no prueba que “no pasaba nada”, prueba que había un sistema que empujaba al silencio.

Más que cárcel: la ley como permiso social para humillar y extorsionar

Las historias que sobrevivieron hablan de detenciones arbitrarias, requisas sin motivo y amenazas de “llevarlos por el artículo”. A veces, el objetivo no era judicial, era humillar. O cobrar.

El chantaje era un método simple: “o pagas, o llamamos a tu familia”, “o sales en una foto”, “o te dejamos la noche encerrado”. Para quien tenía trabajo formal, pareja secreta o familia conservadora, la exposición pública podía sentirse peor que la multa o la celda.

Por eso tantas personas se tragaron la rabia. El miedo y la vergüenza eran una mordaza. Y la ley, en vez de proteger, funcionaba como permiso social para maltratar.

El Estatuto de Seguridad y los años 70: cuando ser gay también se leyó como “subversión”

A finales de los 70, el clima político endureció controles. Bajo el Estatuto de Seguridad del gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978 a 1982), se reforzaron prácticas policiales que facilitaron redadas en bares y parques donde se reunían personas gay.

No era que la homosexualidad fuera “terrorismo”. Era algo más cotidiano y perverso: prejuicios morales mezclados con discursos de “orden público”. En ese ambiente, cualquiera podía volverse sospechoso por su forma de vestir, hablar o caminar.

El resultado fue más violencia institucional, más arbitrariedad, y una vida doble aún más cerrada. La política del miedo también se colaba en la intimidad.

La historia que no se cuenta: activismo, divisiones internas y lo que siguió después de 1981

La despenalización no cayó del cielo. Fue parte de un cambio cultural lento, con gente poniendo el cuerpo, escribiendo, reuniéndose a escondidas y discutiendo cómo salir a la luz sin perderlo todo.

También hubo tensiones internas, desacuerdos sobre estrategias y formas de nombrarse. Eso casi nunca se dice, pero es normal: cuando el riesgo es real, cada decisión pesa. Y aun con la ley a favor desde 1981, la violencia no desapareció.

Manuel Antonio Velandia y el Movimiento de Liberación Homosexual Colombiano: organizarse en tiempos de riesgo

Entre los nombres clave aparece Manuel Antonio Velandia Mora, profesor y activista. En 1977, en Bogotá, participó en la creación del Movimiento de Liberación Homosexual Colombiano (MLHC) junto a figuras como León Zuleta y Guillermo Cortés (las fechas exactas varían según la fuente, pero el año se repite).

Se reunían con discreción, incluso bajo fachadas como “grupo de filosofía”, porque la homosexualidad todavía podía ser tratada como delito. La apuesta era política y personal: cambiar la conversación pública, discutir la norma, y romper la idea de que ser gay era sinónimo de vergüenza.

No todo fue unidad. Hubo debates sobre visibilidad, lenguaje y liderazgo. Esas fricciones dejaron heridas y separaciones temporales, pero también mostraron algo poderoso: incluso con miedo, se puede organizar lo colectivo.

Después de la despenalización: el cambio legal no frenó la violencia

Que dejara de ser delito no significó que se volviera derecho en la práctica. Tras 1981, persistieron agresiones, hostigamientos y asesinatos. Fuentes históricas mencionan episodios de violencia en Villavicencio en 1985, como ejemplo de que la persecución social y policial no se apagó con un decreto.

La protección estatal era débil, y el prejuicio seguía en escuelas, trabajos, iglesias y hogares. Muchas personas siguieron viviendo con cuidado, midiendo palabras, evitando afectos en público.

La lección es incómoda: el papel cambia más rápido que las costumbres. Y, sin garantías reales, la libertad se queda a medias.

 

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Margarita Martinez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

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Margarita Martinez

Margarita Martínez es enfermera y redactora apasionada por el bienestar. Escribe sobre temas de estilo de vida, adolescencia y salud, combinando su experiencia clínica con una mirada cercana y humana.