Salud

¿Qué significan desnutrición y obesidad, y por qué las dos son malnutrición?

La desnutrición suele imaginarse como “comer poco” o “estar muy delgado”, pero es más amplia. También incluye comer lo suficiente en cantidad, pero no en calidad. Un ejemplo cotidiano: un niño que desayuna galletas y refresco todos los días quizá no pase hambre, pero puede tener anemia por falta de hierro o crecer con déficit de vitaminas.

A esto se le llama hambre oculta, cuando faltan vitaminas y minerales esenciales aunque haya calorías en el plato. La persona puede verse “normal”, pero su cuerpo va con el depósito de nutrientes en reserva, y eso afecta defensas, energía y aprendizaje.

La obesidad, por su parte, no es solo “pesar más”. Es un exceso de grasa corporal que aumenta el riesgo de problemas como diabetes tipo 2, hipertensión o hígado graso. Y también puede venir acompañada de una dieta pobre en nutrientes. Es decir, alguien puede consumir demasiadas calorías, pero pocas fibras, pocas proteínas de calidad, y pocas frutas y verduras.

En resumen, malnutrición no significa solo falta de comida. Significa un desequilibrio, ya sea por déficit de nutrientes, por exceso de energía, o por ambos a la vez.

Cuando se mezclan los extremos: la doble carga en hogares y países

La doble carga de la malnutrición ocurre cuando conviven la desnutrición y la obesidad. Puede verse a gran escala, por ejemplo, en países donde aún hay bajo peso en la infancia y, al mismo tiempo, crece la obesidad adulta. Pero también se ve en casa.

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Imagina un hogar donde un niño tiene hambre oculta (anemia, cansancio, defensas bajas) y su padre vive con obesidad. O un adolescente con sobrepeso que basa su dieta en ultraprocesados, con muchas calorías y poca calidad nutricional.

Esta mezcla complica la salud y también las decisiones diarias, porque la familia intenta “llenar” con lo que rinde más, aunque no sea lo que mejor nutre.

Panorama mundial 2025 a 2026: cifras, regiones más afectadas y tendencias que preocupan

En la última década se consolidó un cambio fuerte: la obesidad supera al bajo peso en la mayoría de países. En niños y adolescentes (5 a 19 años), el bajo peso bajó a 9,2% en 2025, desde 13% en 2000. Al mismo tiempo, la obesidad subió cerca de 6 puntos desde 2000, pasando de alrededor del 3% a 9,4% (unos 188 millones). El sobrepeso total en ese grupo llega a 391 millones.

Hay lugares donde la situación es extrema. En varias islas del Pacífico, las tasas de obesidad infantil y adolescente están entre las más altas del mundo, con cifras como Niue (38%), Islas Cook (37%) y Nauru (33%). En países de ingresos altos también destacan números elevados; se reporta Chile (27%) y Estados Unidos (21%) en obesidad infantil.

Aun así, no todo el mundo está en el mismo punto. Asia del Sur y África subsahariana siguen siendo regiones donde el bajo peso y otras formas de desnutrición tienen más peso relativo que la obesidad, aunque la tendencia global empuja hacia el aumento del exceso de peso.

La proyección a futuro inquieta: para 2050 se estima que más de la mitad de los adultos (unos 3.800 millones) vivirán con sobrepeso u obesidad, y que alrededor de un tercio de niños y adolescentes (unos 746 millones) tendrá sobrepeso u obesidad, con un aumento fuerte de la obesidad juvenil (hasta 360 millones, un salto del 121%).

Qué está empujando el cambio: dieta moderna, entorno y desigualdad

No es un “fallo personal” masivo. Es el resultado de un entorno que empuja. Los ultraprocesados están disponibles en todas partes, se anuncian mucho, duran más y suelen ser baratos. Lo mismo pasa con las bebidas azucaradas, que entran fácil en la rutina diaria y suman calorías sin saciar.

También influyen porciones más grandes, menos frutas y verduras en el menú, y más horas sentados (pantallas, transporte, trabajo). El precio pesa: a veces lo más accesible es lo menos nutritivo, y el acceso a comida fresca puede ser limitado por distancia, horarios o presupuesto.

Un dato que lo ilustra: en México, se ha estimado que los ultraprocesados y bebidas azucaradas aportan alrededor del 40% de las calorías diarias en niños.

Cómo afecta a la vida diaria y qué soluciones reales pueden cambiar el rumbo

La desnutrición y la obesidad no se quedan en el cuerpo, se meten en la vida diaria. En la infancia, la falta de nutrientes puede frenar el desarrollo, afectar el aprendizaje y bajar la energía. En la adolescencia, el exceso de peso puede venir con estigma, ansiedad o baja autoestima, además de riesgo cardiometabólico temprano.

En adultos, la obesidad eleva la probabilidad de enfermedades crónicas, como diabetes tipo 2 y problemas cardiovasculares. Y el impacto también es económico. Si no se actúa, se proyecta que los costos sanitarios y sociales ligados al sobrepeso y la obesidad infantil podrían superar 4 billones de dólares anuales para 2035.

La salida no está en “dietas milagro”, está en prevención y en cambiar el entorno. Funciona mejor pensar en tres niveles:

  • En el hogar, facilitar opciones simples y repetibles.
  • En la escuela, cuidar lo que se vende y lo que se enseña sobre alimentación.
  • En políticas públicas, reducir la exposición a productos que enferman y mejorar el acceso a comida saludable.

Un ejemplo reciente de enfoque estructural: México prohibió la venta y distribución de productos altos en sal, azúcar y grasas en escuelas públicas, con un alcance de más de 34 millones de niños. Medidas así no “arreglan todo”, pero cambian la norma: lo habitual pasa a ser un poco más sano.

Acciones simples para familias y comunidades, sin dietas extremas

Los hábitos que más ayudan suelen ser poco vistosos, pero constantes. Cambiar a agua en lugar de refrescos o jugos azucarados reduce azúcar sin discusión. Si se puede, sumar más alimentos frescos (fruta, verdura, legumbres) y dejar los ultraprocesados para ocasiones puntuales, no para el día a día, ya hace diferencia.

También cuenta el horario: dormir mejor regula el apetito y mejora energía, y moverse un poco cada día (caminar, subir escaleras, jugar) vale más que una semana perfecta y luego nada. Y leer etiquetas de forma básica ayuda, mirando azúcar, sal y grasas, sin obsesionarse. No se trata de perfección, se trata de ir bajando el volumen de los ultraprocesados poco a poco.

 

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Margarita Martinez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

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Margarita Martinez

Margarita Martínez es enfermera y redactora apasionada por el bienestar. Escribe sobre temas de estilo de vida, adolescencia y salud, combinando su experiencia clínica con una mirada cercana y humana.