Medicamento vital tras un infarto: ¿hasta cuándo durará la escasez?

Escrito por Lina Rodríguez Fernandez

Publicación:

persona comprando medicamentos
¿Preocupado por la escasez de medicamentos post-infarto? Analizamos el problema y las previsiones hasta 2027.

Después de un infarto, cada pastilla cuenta. No hablamos de un detalle administrativo, sino de la diferencia entre recuperarse bien o quedar expuesto a otro evento cardíaco.

En Colombia, en 2026, no hay reportes de un desabastecimiento generalizado de fármacos «post-infarto» como categoría propia. Pero eso no tranquiliza tanto como debería, porque la crisis más amplia de entrega de medicamentos ya golpea a miles de pacientes crónicos, y los cardíacos están dentro de esa fila.

La pregunta, entonces, no es solo si falta un medicamento en particular. La pregunta de verdad es cuánto tiempo puede durar esta escasez y por qué afecta tanto a quienes dependen de tratamientos como Entresto y otros fármacos cardiovasculares.

¿Qué está pasando realmente con la escasez de medicamentos en 2026?

Hay una diferencia que cambia todo: una cosa es el desabastecimiento total, cuando un medicamento no está disponible en el mercado, y otra son las fallas de entrega, cuando el producto existe pero no llega al paciente a tiempo. En Colombia, buena parte del problema actual está en ese segundo punto, y por eso muchos enfermos sienten que el sistema se rompió aunque el medicamento siga registrado y se siga vendiendo.

Los reportes más fuertes de 2026 no ponen al «post-infarto» como la categoría central. La mayor presión aparece en hipertensión, cáncer, epilepsia y salud mental. Aun así, eso no deja a salvo a quien acaba de salir de una unidad coronaria. Un paciente que necesita antiagregantes, estatinas, betabloqueadores o medicamentos para insuficiencia cardíaca, como Entresto cuando el cardiólogo lo indica, depende de una cadena que hoy tiene demasiadas grietas.

¿Por qué un paciente postinfarto también siente la crisis aunque su fármaco no esté en la lista roja?

La recuperación cardíaca no funciona a saltos, funciona con continuidad. Si una EPS demora una autorización, si el operador farmacéutico entrega solo parte de la fórmula, o si obliga a volver varios días después, el tratamiento pierde consistencia y en cardiología eso pesa mucho.

Pasa algo simple y duro a la vez, aunque el medicamento no aparezca en una alerta pública de desabastecimiento, el paciente puede quedarse sin él por trabas de dispensación, por deudas entre EPS y proveedores, o por problemas logísticos. La consecuencia no siempre se ve ese mismo día, pero va sumando riesgo: descontrol de la presión, empeoramiento de la insuficiencia cardíaca, angina, reingresos.

En un paciente que ya tuvo un infarto, interrumpir el tratamiento no es una molestia menor, es una amenaza clínica.

Además, muchos pacientes cardíacos no toman un solo fármaco, toman varios y basta que falle uno para que el esquema entero se tambalee. Esa es la parte más ingrata de esta crisis: no siempre hace ruido nacional, pero sí hace daño individual.

Los datos que ayudan a dimensionar el problema sin exagerarlo

Los números muestran una crisis seria, aunque no idéntica en todas las regiones ni en todas las EPS. La Superintendencia Nacional de Salud recibió 129.608 reclamos en junio de 2024, con un aumento anual de 8,39%. Esa cifra no habla solo de cardiología, claro, pero sí retrata un sistema bajo presión.

También se reportaron 23.000 personas afectadas en Sanitas por retrasos en entrega de medicamentos y 3.755 casos en Famisanar. A escala nacional, los reportes hablaban de 50.000 afectados ya desde inicios de 2024, y en 2026 la sensación de atasco sigue presente en ciudades como Bogotá y Medellín, donde las filas para reclamar fórmulas se volvieron parte del paisaje.

En paralelo, reportes sectoriales de 2025 ubicaron la escasez entre 8% y 41% de hospitales, clínicas y puestos de salud. Esa amplitud dice algo importante: el problema no pega igual en todas partes. Hay lugares donde una fórmula sale completa, y otros donde entregar la mitad ya parece un logro, para un paciente postinfarto, esa lotería es inaceptable.

Hasta cuándo puede durar la escasez y de qué depende una salida real

La respuesta corta incomoda, pero es la más honesta: no hay una fecha única. Nadie puede decir hoy que la escasez o las fallas de entrega terminarán en un mes concreto para todo el país. La duración depende de varios cuellos de botella que siguen abiertos al mismo tiempo.

Mientras no se normalicen los pagos, las compras, la importación de insumos y la distribución, la mejoría será lenta y desigual. Algunas EPS pueden estabilizarse antes; otras seguirán acumulando retrasos. Algunas ciudades pueden ver alivio temporal; otras seguirán con ventanillas cerradas y fórmulas incompletas, por eso hablar de «fin de la crisis» suena prematuro.

Deudas, importaciones y trámites, las piezas que más frenan el abastecimiento

El sistema arrastra una deuda enorme. En 2025 se hablaba de 24 billones de pesos acumulados, con 4,2 billones ligados a cartera farmacéutica. Cuando la plata no fluye, los laboratorios y distribuidores reducen suministro, priorizan pagos seguros o frenan despachos. No hace falta dramatizarlo; basta ver el efecto en la farmacia del barrio o en el dispensario de la EPS.

A eso se suma la dependencia de materias primas importadas. Si hay problemas de producción, de tipo de cambio, de transporte o de compras centralizadas mal coordinadas, el impacto llega tarde o temprano al paciente. Incluso el paro de camioneros reciente apareció en los reportes como factor de presión sobre la distribución.

Los trámites también pesan. Las demoras regulatorias y administrativas no fabrican el faltante, pero sí lo empeoran y cuando un sistema tarda en pagar 196 días en promedio, la rueda deja de girar con normalidad. Por eso esta crisis puede durar meses, incluso más, si no hay correcciones de fondo.

¿Qué señales mostrarían una mejora de verdad, y no solo un alivio pasajero?

La mejoría real no se mide por un comunicado optimista. Se nota cuando las fórmulas vuelven a entregarse completas, cuando las filas bajan durante varias semanas seguidas y cuando los reportes de faltantes dejan de repetirse en distintas EPS al mismo tiempo.

También se notaría en algo muy concreto: menos pacientes regresando tres o cuatro veces por la misma orden. Una baja puntual en los reclamos no alcanza, porque a veces el paciente se cansa de reclamar antes de que el problema desaparezca. La prueba de fuego es la continuidad.

¿Qué puede hacer un paciente si no le entregan su medicamento vital?

Lo primero es no cortar el tratamiento por cuenta propia ni reemplazarlo con lo que «le sobró» a otra persona, después de un infarto, improvisar con el corazón sale caro. Si no entregan un medicamento, conviene pedir de inmediato una constancia de no entrega y dejar por escrito la fecha, el nombre del fármaco y la razón que da el dispensario.

También hace falta avisar al cardiólogo o al médico tratante lo antes posible, a veces el problema se resuelve con una sustitución autorizada, pero esa decisión debe tomarla quien conoce el caso, no el paciente en la fila ni un consejo de redes sociales. Guardar la fórmula, las capturas de autorización y los números de radicado ayuda mucho cuando el retraso se prolonga.

Si la EPS entrega solo una parte, hay que documentarlo igual. El riesgo no siempre está en el «no hay», sino en el «vuelva la próxima semana» y una semana, en ciertos tratamientos, pesa demasiado.

Después de un infarto, el tratamiento no puede quedar al azar

Colombia no vive, al menos por ahora, un desabastecimiento generalizado de medicamentos «post-infarto» como categoría oficial. Pero esa precisión técnica no cambia lo esencial: la crisis sistémica de entrega sí pone en aprietos a quienes necesitan continuidad para no recaer.

Después de un infarto, la recuperación no debería depender de si la farmacia surtió hoy, de si la autorización cayó en el sistema o de si la deuda entre actores volvió a frenar un despacho. La escasez duele más cuando el tiempo también enferma.

Lina Rodríguez Fernandez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

¿Te ha gustado este artículo?