Estás en una reunión, respondes un mensaje bajo la mesa y, mientras alguien habla, revisas una pestaña pendiente. Parece que avanzas en todo, pero al terminar, recuerdas poco de la conversación y el mensaje quedó a medias.
El multitasking promete eficiencia, pero suele dejar una sensación distinta: muchas acciones hechas y pocas tareas importantes resueltas. La pregunta incómoda es sencilla: ¿hacemos varias cosas a la vez o solo saltamos entre ellas? La respuesta cambia la forma de trabajar, estudiar e incluso descansar.
La verdad sobre el multitasking: tu cerebro no trabaja en paralelo
La palabra multitasking viene de la informática. Un ordenador puede gestionar distintos procesos porque distribuye recursos y alterna operaciones a gran velocidad. El cerebro humano no funciona igual cuando enfrenta dos tareas que exigen comprensión, memoria y decisiones.
Cuando escribes un correo durante una llamada, tu atención no procesa ambos contenidos con la misma calidad. Va y viene. A este mecanismo se le llama task switching, o cambio de tarea, no divides la atención sin coste, sino que la desplazas entre objetivos.
Cada salto obliga a responder preguntas pequeñas: «¿Qué estaba haciendo?», «¿Qué quería decir aquí?», «¿Qué acaba de pedir esta persona?». Parecen detalles mínimos, pero consumen energía mental, también rompen el hilo de pensamiento que necesitabas para entender un texto, redactar una idea o resolver un problema.
Mirar el teléfono mientras estudias es un ejemplo claro. Lees dos párrafos, aparece una notificación, respondes, vuelves al documento y necesitas unos segundos para retomar el sentido. Si esto se repite veinte veces, el estudio se vuelve más largo y menos profundo.
El problema no es abrir varias pestañas, el problema llega cuando cada una reclama una parte de tu memoria de trabajo. Esa memoria es limitada, si la llenas con mensajes, alertas y asuntos pendientes, queda menos espacio para pensar bien.
La excepción que confunde a todo el mundo
Hay combinaciones que sí funcionan con bastante naturalidad. Puedes caminar mientras conversas, doblar ropa mientras escuchas música o lavar los platos mientras recuerdas tu día. En esos casos, una actividad está automatizada y apenas exige control consciente.
La confusión aparece cuando usamos esos ejemplos para justificar tareas complejas en paralelo. Escuchar una canción mientras ordenas no equivale a redactar un informe mientras respondes a Slack, tampoco equivale a estudiar una presentación mientras sigues una videollamada.
Leer, escribir, analizar datos, negociar o aprender algo nuevo compiten por los mismos recursos mentales. Por eso, la multitarea puede ser útil en actividades rutinarias, pero falla cuando dos tareas requieren atención sostenida.
La sensación de estar ocupado no siempre indica que estás avanzando.
¿Qué precio tiene cambiar de tarea todo el tiempo?
El cambio constante tiene un coste cognitivo, tras una interrupción, debes recuperar el objetivo anterior, recordar el punto exacto y reorganizar la información que habías dejado en pausa. A veces vuelves rápido, otras, relees lo mismo tres veces sin darte cuenta.
La American Psychological Association ha difundido investigaciones sobre los costes de alternar tareas. David Meyer, psicólogo de la Universidad de Michigan, encontró que esos cambios pueden consumir una parte considerable del tiempo productivo. La cifra de hasta un 40 % se cita con frecuencia, aunque el impacto real depende de la dificultad de cada tarea, el entorno y los hábitos de la persona.
Los estudios de Clifford Nass y su equipo en la Universidad de Stanford también cuestionaron una creencia popular: las personas acostumbradas a la multitarea intensa no demostraron una ventaja clara al filtrar distracciones. Más bien, tendían a distraerse con mayor facilidad y a organizar peor la información.
Eso no significa que una notificación arruine toda una jornada, significa que las interrupciones repetidas erosionan el ritmo. Un mensaje urgente puede requerir atención inmediata, diez mensajes que no lo son pueden convertir una mañana entera en una sucesión de reinicios.
Además, el coste aumenta cuando la tarea exige precisión. Cambiar entre una hoja de cálculo, un correo y una conversación puede multiplicar errores pequeños: una cifra copiada mal, un archivo adjunto olvidado, una respuesta enviada sin contexto.
Menos memoria, más estrés y una falsa sensación de avance
Las notificaciones tienen una cualidad difícil de resistir: ofrecen una recompensa rápida. Responder un mensaje da una pequeña sensación de cierre, archivar un correo también, el problema aparece cuando esas miniacciones desplazan el trabajo que de verdad importa.
Una pantalla llena de pestañas abiertas actúa como una lista de pendientes permanentemente visible. Aunque no las mires, sabes que están ahí. Esa carga puede aumentar la dispersión y alimentar la fatiga decisoria, sobre todo al final del día.
El estrés tampoco viene solo del volumen de trabajo, a menudo nace de no saber qué atender primero. Saltar entre asuntos urgentes, conversaciones y documentos deja la impresión de que todo requiere respuesta ahora mismo.
No hay base para afirmar que la multitarea cause un daño cerebral permanente en cualquier persona. Sí hay evidencia de que dificulta la atención sostenida y la memoria en tareas exigentes, esa diferencia importa, porque permite actuar sin dramatismos.
¿Cómo dejar el multitasking sin sentir que pierdes tiempo?
La salida no consiste en aislarte durante ocho horas ni en ignorar a tu equipo. Consiste en reducir cambios innecesarios y decidir cuándo atender cada tipo de tarea.
Empieza por reservar bloques breves de concentración. Veinte o treinta minutos pueden bastar para redactar, estudiar o resolver una tarea que llevas aplazando, durante ese tiempo deja visible solo lo necesario. Cierra el correo, silencia las alertas y aleja el teléfono si no lo necesitas.
Después, abre un bloque específico para comunicación. Revisar mensajes juntos reduce el impulso de interrumpirte cada pocos minutos. Si esperas una llamada importante, mantén ese canal activo y silencia el resto.
Una jornada realista podría incluir una hora para trabajo profundo por la mañana, dos momentos breves para correo y mensajería, y pausas entre bloques. No hace falta una agenda militar, basta con evitar que las tareas pequeñas gobiernen cada minuto.
También ayuda anotar las interrupciones. Si recuerdas que debes responder algo, escríbelo en una nota y vuelve a la tarea. De ese modo, no dependes de mantener el pendiente dando vueltas en la cabeza.
La prueba de cinco minutos para descubrir tu autoengaño
Elige una tarea importante que hayas estado posponiendo. Pon el teléfono boca abajo, cierra las ventanas ajenas a esa tarea y trabaja cinco minutos sin cambiar de aplicación ni de pestaña.
Al terminar, observa dos cosas: cuánto avanzaste y cuántas veces sentiste el impulso de escapar hacia otra actividad. A veces no buscamos información urgente, buscamos una pausa, una distracción o una salida ante una tarea incómoda.
Concentrarse no implica desatender responsabilidades. Implica decidir el momento de atenderlas, en vez de entregar tu atención a cada aviso que aparece.
La atención merece una decisión consciente
El multitasking rara vez es un superpoder. En tareas complejas, suele ser un cambio acelerado de atención que cobra tiempo, precisión y calma.
La monotarea flexible se entrena con decisiones pequeñas: una pestaña menos, un bloque sin alertas, un mensaje respondido cuando corresponde. Si tu atención es limitada, conviene preguntarse en qué merece la pena gastarla hoy.
Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.
