Descubren un microbio ancestral en hielo milenario: ¿puede ser una cura o una amenaza?

Escrito por Lina Rodríguez Fernandez

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microbio en el hielo
Un microbio ancestral emerge del hielo milenario. ¿Será este descubrimiento una cura milagrosa o el inicio de una nueva amenaza global?

A miles de metros bajo el hielo, un microorganismo puede permanecer inmóvil durante milenios y volver a mostrar actividad al recibir agua y calor. La imagen parece propia de una película, pero varios equipos científicos ya han recuperado bacterias, hongos y virus de glaciares, permafrost y cuevas heladas.

El interés es enorme, aunque conviene evitar dos extremos: no existe una cura probada salida de estos hallazgos, ni hay evidencia de una pandemia inminente. Estos seres antiguos podrían ofrecer moléculas útiles, pero también guardan genes y comportamientos que aún conocemos poco.

¿Qué se ha encontrado en el hielo milenario?

El frío intenso, la escasez de agua y el aislamiento pueden frenar casi por completo la actividad celular. Algunos organismos entran en criptobiosis, un estado de latencia que les permite resistir periodos extraordinariamente largos sin crecer ni reproducirse.

En Groenlandia se han identificado microbios a unos 3.000 metros de profundidad, en capas de hielo de hasta 120.000 años. En Alaska, investigadores de la Universidad de Colorado Boulder reactivaron comunidades bacterianas de permafrost con unos 40.000 años tras hidratarlas y elevar suavemente la temperatura.

Los glaciares de la meseta tibetana también han revelado una diversidad inesperada. Un análisis de 21 glaciares identificó 968 especies bacterianas, y el 82% no se había documentado antes. Sin embargo, detectar ADN no prueba que un organismo esté vivo, activo o pueda causar una enfermedad.

La bacteria de Rumania y una resistencia anterior a los antibióticos

El caso de Psychrobacter SC65A.3 despertó atención en 2026. La cepa se aisló del hielo de la cueva de Scărișoara, en Rumania, con una antigüedad estimada de 5.000 años.

En pruebas de laboratorio resistió 10 antibióticos de ocho clases distintas, entre ellos cefalosporinas de tercera generación, fluoroquinolonas, aminoglucósidos y rifampicina. Su genoma contiene más de 100 genes asociados con resistencia antimicrobiana.

El dato más incómodo es también el más útil: la resistencia no nació con los hospitales ni con el abuso de fármacos. Las bacterias llevan millones de años compitiendo con sustancias antimicrobianas producidas por otros microbios.

Eso no convierte a Psychrobacter SC65A.3 en una amenaza para la población. Aun así, obliga a estudiar la posible transferencia horizontal de genes, el intercambio de material genético entre bacterias. No hay pruebas de que esta cepa haya transmitido sus genes a patógenos modernos.

Lo que el hielo enseña sobre los límites de la vida

Estos hallazgos permiten reconstruir ecosistemas antiguos y observar cómo respondían los microbios a climas pasados. También ayudan a definir hasta dónde puede sobrevivir la vida en condiciones de frío, sequedad y falta de nutrientes.

Por eso interesan a quienes investigan Marte, Europa, la luna de Júpiter, y Encélado, una luna de Saturno con océano bajo el hielo. No prueban que exista vida extraterrestre, pero muestran qué estrategias biológicas serían plausibles en mundos helados.

También se han detectado hongos latentes en muestras ligadas al entorno de Ötzi, el hombre hallado en los Alpes. Cada resultado exige controles estrictos, secuenciación genética y cultivos independientes para descartar contaminación moderna.

¿Puede un microbio ancestral convertirse en una cura?

Por ahora, ningún microbio del hielo milenario es una cura médica. El valor real está en estudiar sus genes, proteínas y enzimas dentro de laboratorios controlados, sin liberar el organismo completo ni tratarlo como un remedio.

Algunas bacterias adaptadas al frío producen enzimas que trabajan a bajas temperaturas. Estas proteínas podrían reducir consumo energético en procesos industriales, mejorar técnicas alimentarias o facilitar análisis de muestras biológicas sensibles al calor.

La propia Psychrobacter SC65A.3 ofrece una pista interesante. Además de resistir varios antibióticos, mostró actividad contra bacterias del grupo ESKAPE, entre ellas cepas de Klebsiella pneumoniae, Pseudomonas aeruginosa y Acinetobacter baumannii. Esa capacidad merece investigación, pero aún está muy lejos de una aplicación clínica.

Las enzimas frías abren una puerta, no un tratamiento inmediato

Una enzima activa en frío puede funcionar donde otras pierden eficacia o requieren calor. En medicina y diagnóstico, eso podría ayudar a procesar tejidos, compuestos sensibles o muestras delicadas sin degradarlas.

El catálogo genético de los glaciares puede contener moléculas ausentes en bacterias comunes. Sin embargo, encontrar un gen prometedor es apenas el comienzo. Después hay que producir la molécula, comprobar que funciona, descartar toxicidad, medir su estabilidad y superar ensayos clínicos y controles regulatorios.

La historia de los antibióticos demuestra que una buena idea en una placa de laboratorio puede tardar años en llegar a un paciente, si llega.

El deshielo cambia las reglas y exige vigilancia

El riesgo sanitario no está confirmado, pero el deshielo expone microorganismos y material genético que habían permanecido aislados. Algunos grupos virales encontrados en hielo glaciar ni siquiera están catalogados. Desconocido no significa peligroso, aunque tampoco permite ignorar la pregunta.

La probabilidad de que un microbio antiguo provoque una infección humana parece baja con los datos disponibles. Para crecer en nuestro cuerpo tendría que sobrevivir fuera del hielo, adaptarse a la temperatura, superar el sistema inmunitario y encontrar un huésped compatible.

El problema climático es más directo. Al descongelarse el permafrost, los microbios pueden degradar materia orgánica y liberar dióxido de carbono y metano. Ese proceso puede reforzar el calentamiento que aceleró el deshielo.

Patógenos, resistencia y gases: tres riesgos distintos

Un microorganismo antiguo podría alterar un ecosistema moderno sin causar una epidemia humana. También podría intercambiar genes de resistencia con bacterias actuales, una posibilidad que requiere vigilancia genética, no titulares alarmistas.

Por otra parte, modelos climáticos han planteado que ciertos escenarios podrían movilizar más de 100.000 toneladas de biomasa bacteriana en 80 años. Es una proyección, no una certeza, pero ilustra la escala del cambio en regiones congeladas.

Las muestras deben extraerse con protocolos limpios y mantenerse aisladas hasta identificar sus organismos. Los laboratorios comparan secuencias, verifican si las células siguen vivas y estudian su capacidad de crecer, infectar o transferir genes.

Una biblioteca biológica que exige respeto

El microbio ancestral hallado en el hielo no es hoy una cura ni una amenaza demostrada. Es parte de una biblioteca biológica enorme, con enzimas potencialmente útiles y riesgos que todavía no sabemos medir del todo.

La mejor respuesta combina investigación rigurosa, bioseguridad y reducción del calentamiento global. El hielo merece curiosidad científica, pero también respeto y cautela.

Lina Rodríguez Fernandez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

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