Un infarto rara vez aparece de la nada, a menudo llega después de años de presión alta ignorada, cigarrillos «solo sociales», comidas rápidas y poco movimiento y la prevención del infarto empieza mucho antes de una urgencia, aunque no ofrece garantías absolutas.
La edad y los antecedentes familiares no se pueden cambiar. Sin embargo, buena parte del riesgo cardiovascular depende de hábitos y problemas de salud que sí pueden tratarse. Detectarlos a tiempo permite actuar con calma y con un plan realista.
Cambios que pueden disminuir el riesgo de infarto
El infarto suele ocurrir cuando una arteria coronaria se obstruye, muchas veces por una placa de grasa acumulada durante años. Este proceso, llamado aterosclerosis, puede avanzar sin dolor ni señales claras.
Por eso, la posibilidad de prevenir un infarto no depende de una decisión aislada. Controlar la presión, abandonar el tabaco, tratar el colesterol, vigilar la glucosa y moverse más tiene un efecto conjunto. El estudio INTERHEART identificó el tabaquismo, las alteraciones de los lípidos, la hipertensión y la diabetes entre los factores más ligados al primer infarto.
El tabaco lesiona las arterias, incluso cuando se fuma poco. Cada cigarrillo favorece la inflamación, eleva la presión arterial y reduce el oxígeno que llega al corazón. El humo ajeno también importa, sobre todo en espacios cerrados. Vapear no debe considerarse inocuo, ya que muchos productos contienen nicotina y otras sustancias que pueden afectar al sistema cardiovascular.
Dejar de fumar suele ser difícil porque la dependencia no es solo una cuestión de voluntad. Poner una fecha concreta, contar con apoyo médico o psicológico y usar tratamientos para la abstinencia cuando están indicados puede cambiar el resultado. El cuerpo empieza a recuperarse poco después de abandonar el consumo, y nunca es tarde para hacerlo.
La hipertensión puede avanzar sin síntomas. Una presión arterial alta obliga al corazón a trabajar bajo más carga y deteriora las paredes de las arterias. Una sola medición elevada no confirma un diagnóstico, porque el estrés, el café o una técnica incorrecta pueden alterarla, hace falta medirla bien y revisar los resultados con un profesional.
Reducir el sodio, mantener un peso adecuado, hacer actividad física y tomar la medicación según la indicación médica ayudan a controlarla. Aunque muchas guías usan cifras cercanas a 140/90 mmHg como referencia, la meta adecuada cambia según la edad, la salud y los antecedentes de cada persona.
El colesterol LDL alimenta la placa arterial, tener colesterol alto no suele causar molestias, por eso un análisis de sangre es la única forma de detectarlo. El LDL se asocia con la acumulación de grasa en las arterias; otros valores del perfil lipídico también ayudan a calcular el riesgo completo.
Comer más verduras, frutas, legumbres, avena, frutos secos y aceite de oliva puede mejorar el perfil lipídico. A la vez, conviene reducir embutidos, frituras, bollería industrial y ultraprocesados. Algunas personas necesitan estatinas u otros fármacos, en especial si ya tuvieron un evento cardiovascular, no deben suspenderse por cuenta propia, aunque el análisis haya mejorado.
La glucosa elevada también daña los vasos sanguíneos. La diabetes suele convivir con hipertensión, colesterol alterado y exceso de grasa abdominal, esa combinación aumenta el riesgo de enfermedad coronaria con el paso del tiempo.
La sed intensa, las ganas frecuentes de orinar, el cansancio persistente o la visión borrosa justifican una consulta, aunque no confirman diabetes por sí solos. Los controles de glucosa y hemoglobina glucosilada permiten detectar el problema y seguir su evolución. Cuidar la alimentación, mantenerse activo y cumplir el tratamiento protege mucho más que esperar a tener síntomas.
El sedentarismo, la alimentación pobre y el exceso de peso se refuerzan entre sí. Pasar horas sentado favorece la obesidad abdominal, la resistencia a la insulina y la presión elevada. No hace falta empezar con entrenamientos agotadores, caminar a paso ligero y aumentar el tiempo poco a poco ya rompe una rutina perjudicial.
La Organización Mundial de la Salud recomienda llegar a unos 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada. Si la condición física lo permite, añadir ejercicios de fuerza dos días por semana ayuda a conservar músculo y mejorar el metabolismo. Cocinar más en casa, elegir agua en vez de refrescos y moderar el alcohol suelen ser cambios más sostenibles que una dieta extrema.
La prevención cardiovascular funciona mejor cuando varios cambios pequeños se mantienen durante meses, no cuando se persigue una perfección imposible durante una semana.
Convertir la prevención del infarto en hábitos posibles
Una revisión médica permite conocer cifras que no se ven en el espejo: presión arterial, colesterol, glucosa, peso y perímetro abdominal. También conviene hablar de antecedentes familiares, medicamentos actuales, consumo de tabaco o alcohol y nivel habitual de actividad. Sentirse bien no descarta una hipertensión o un colesterol elevado.
El riesgo se valora de forma global. La edad, el sexo y la herencia influyen, pero conocerlos ayuda a decidir con antelación la frecuencia de los controles y los tratamientos necesarios. Si ya tomas medicación para la presión, la diabetes o el colesterol, la constancia importa tanto como la receta.
En la vida diaria, los cambios pueden ser modestos y concretos. Caminar diez o quince minutos después de comer reduce el tiempo sentado. Leer las etiquetas ayuda a detectar el sodio oculto. Dormir mejor facilita mantener el apetito y la energía bajo control, pedir ayuda para dejar de fumar también es una decisión de salud, no un fracaso personal.
El dolor u opresión en el pecho, la falta de aire, el sudor frío, las náuseas o un dolor que se extiende al brazo, la espalda, el cuello o la mandíbula requieren llamar de inmediato a emergencias, eso sí, no conviene conducir por cuenta propia ni esperar a que desaparezca.
Actuar antes de una urgencia
La prevención del infarto se construye con decisiones repetidas, no con miedo. Una medición de presión, una consulta pendiente o la primera caminata de esta semana pueden abrir un cambio importante.
El corazón no pide perfección, pide atención antes de que una señal silenciosa se convierta en una emergencia.
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