La verdad impactante del mar: Los microplásticos que ingerimos

Escrito por Lina Rodríguez Fernandez

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microplásticos del mar
¿Microplásticos en tu plato? Descubre la impactante verdad sobre la contaminación marina y sus consecuencias para nuestra salud. ¡Lee más!

Bebes agua al despertar, calientas el almuerzo en un recipiente plástico o cenas pescado. Son gestos normales, pero hoy pueden incluir una presencia invisible: microplásticos.

Estas partículas ya circulan en el agua, el aire y los alimentos. No hace falta caer en el pánico, la ciencia aún investiga cuánto riesgo generan en cada persona y a qué dosis. Sin embargo, entender de dónde vienen ayuda a tomar decisiones más sensatas en casa.

¿Cómo los microplásticos del mar terminan en nuestra comida?

Los microplásticos son fragmentos de plástico de menos de 5 milímetros. Pueden desprenderse de una botella, una bolsa, una red de pesca, ropa sintética o un envase degradado por el sol y el roce. Los nanoplásticos son todavía más pequeños, tanto que algunos pueden atravesar barreras biológicas con mayor facilidad.

Muchos residuos viajan por alcantarillas, ríos y corrientes urbanas antes de llegar al mar. Allí, las olas y la radiación solar los rompen en piezas cada vez menores. La pesca, los envases abandonados y las aguas residuales también alimentan ese ciclo.

Peces, moluscos y crustáceos confunden esas partículas con comida, después, una parte de ese material puede llegar a nuestro plato. Pero el mar no es la única ruta, también respiramos partículas suspendidas en el polvo doméstico y podemos ingerirlas a través de productos, embalajes y agua.

Pescado, mariscos, sal y agua bajo la lupa

Los mariscos suelen concentrar más atención porque se comen enteros, incluido su sistema digestivo. En el pescado, la carga puede variar según la especie, la zona de captura y la parte que se consume. Retirar vísceras reduce una vía de exposición, aunque no elimina todas las partículas presentes en el tejido.

La Organización Panamericana de la Salud ha advertido que los microplásticos aparecen en distintos niveles de la cadena alimentaria y en fuentes de agua potable. También se han detectado en sal, miel, té y bebidas embotelladas.

Un estudio publicado en 2024 encontró, en tres marcas populares de agua embotellada de Estados Unidos, entre 110.000 y 370.000 partículas por litro al incluir nanoplásticos. Esa cifra no describe todas las marcas ni todos los países, pero muestra un problema ligado tanto al envase como al proceso de embotellado.

El arroz y la comida calentada en plástico

El problema tampoco queda limitado al pescado. Varios estudios basados en investigaciones de la Universidad de Queensland, estimaron entre 3 y 4 miligramos de microplásticos por cada 100 gramos de arroz. El arroz instantáneo alcanzó cerca de 13 miligramos por la misma cantidad.

Frutas, vegetales, miel, sal y té también pueden contener partículas. En estos casos, la contaminación puede proceder del suelo, el riego, el procesamiento, el aire o el empaque.

Calentar comida dentro de plástico añade otra fuente evitable. Una revisión en 2026 indicó que cinco minutos de calentamiento pueden liberar entre 326.000 y 534.000 partículas micro y nanoplásticas. Las cantidades cambian según el tipo de plástico, la temperatura, el alimento y el estado del recipiente. Un envase rayado, deformado o envejecido suele desprender más material.

El plástico no desaparece cuando se tira, se fragmenta y vuelve a nosotros por rutas que rara vez vemos.

¿Qué ocurre cuando ingerimos microplásticos?

El cuerpo expulsa una parte de las partículas más grandes a través de las heces. Sin embargo, las más pequeñas pueden interactuar con la pared intestinal y, en ciertas condiciones, cruzarla. Una vez en el torrente sanguíneo, podrían distribuirse hacia otros tejidos.

Ya se han detectado partículas plásticas en sangre, pulmones, hígado, placenta, leche materna y otros órganos. Encontrarlas no prueba, por sí solo, que causen una enfermedad concreta. Esa diferencia importa mucho: presencia no equivale automáticamente a daño clínico demostrado.

Aun así, estudios en células, animales y tejidos humanos investigan mecanismos preocupantes. Entre ellos están la inflamación, el estrés oxidativo, la alteración de la respuesta inmunitaria y el daño celular. También se ha señalado su potencial citotóxico y su capacidad para afectar procesos metabólicos.

Del intestino a la sangre y otros órganos

En 2022, un equipo de la Vrije Universiteit Amsterdam analizó sangre de 22 donantes sanos. Detectó polímeros plásticos en 17 muestras, cerca del 77 %, con una concentración media reportada de 1,6 microgramos por mililitro.

El hallazgo fue importante porque mostró que polímeros como PET, polietileno y poliestireno pueden llegar a la sangre humana. Sin embargo, la muestra era pequeña y el método detectaba compuestos de polímeros, no cada partícula individual. Por eso, no permite calcular el riesgo para toda la población.

En animales, algunas investigaciones han observado inflamación y cambios de conducta cuando partículas muy pequeñas alcanzan el cerebro. Esos resultados abren preguntas serias, pero no pueden trasladarse de forma automática a personas.

La partícula también transporta sustancias químicas

El riesgo no depende solo del tamaño o la cantidad de plástico. Ciertos materiales contienen aditivos como ftalatos, bisfenol A, retardantes de llama y PFAS. Además, su superficie puede adherir metales pesados, antibióticos, microorganismos y otros contaminantes.

Diversos institutos de salud han estudiado esa capacidad de transporte en microplásticos presentes en alimentos. Los ftalatos y el bisfenol A se han relacionado con alteraciones hormonales y reproductivas, otros compuestos se investigan por sus posibles efectos inflamatorios, metabólicos o celulares.

Conviene separar ambos asuntos. Una cosa es el posible efecto físico de la partícula dentro del organismo, otra es la toxicidad de los químicos que contiene o arrastra. La investigación debe aclarar cómo actúan juntos, durante cuánto tiempo permanecen en el cuerpo y qué grupos pueden ser más vulnerables.

¿Cómo reducir los microplásticos que ingerimos en casa?

Eliminar toda exposición es imposible. El aire, el agua y los alimentos forman parte de una red difícil de controlar por completo. Aun así, hay fuentes evitables que merecen atención, sobre todo las relacionadas con el calor.

Pasar la comida caliente a un recipiente de vidrio, acero inoxidable o cerámica antes de recalentarla es una medida simple. También conviene evitar envases desechables en el microondas, aunque indiquen que son aptos, y sustituir los recipientes plásticos que estén opacos, rayados o deformados.

Los alimentos frescos y menos empaquetados reducen el contacto innecesario con plásticos de un solo uso. No hace falta comprar decenas de accesorios nuevos. Una botella reutilizable resistente, unos pocos recipientes de vidrio y un buen termo pueden durar años.

Lavar frutas y verduras con agua segura no elimina los microplásticos que ya hayan penetrado en el alimento, pero sí puede retirar polvo y partículas superficiales. La calidad del agua del grifo depende de cada lugar y de su sistema de suministro, por lo que no conviene asumir que está libre de estas partículas.

Una decisión cotidiana que también protege el mar

Los microplásticos no son un problema remoto que flota lejos de la costa, son la huella de residuos que pasan del océano, los ríos y los envases a la comida y al cuerpo.

La evidencia médica todavía no permite dictar certezas absolutas sobre sus efectos a largo plazo, pero reducir el plástico de un solo uso, evitar calentar alimentos en recipientes plásticos y elegir materiales más seguros son decisiones prudentes. Cuidar lo que entra en la cocina también reduce lo que acaba en el mar.

Lina Rodríguez Fernandez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

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