La verdad sobre las ‘grasas saludables’: 2 tipos de aceite que son peligrosos

Escrito por Lina Rodríguez Fernandez

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La verdad sobre las ‘grasas saludables’: 2 tipos de aceite que son peligrosos

Frente al estante del supermercado, una botella con hojas verdes o la palabra «natural» puede parecer una elección segura. Sin embargo, que una grasa sea saludable depende de su composición, de cuánto se consume, de cómo se fabrica y de lo que ocurre al cocinarla.

Los dos casos que merecen más atención son los aceites con grasas trans industriales y los aceites reutilizados o calentados hasta degradarse. Los aceites vegetales no son peligrosos por definición, pero conviene mirar más allá de la etiqueta llamativa.

¿Qué significa realmente que una grasa sea saludable?

Las grasas insaturadas suelen asociarse con una alimentación equilibrada. Las monoinsaturadas abundan en el aceite de oliva y el aguacate. Las poliinsaturadas están presentes en frutos secos, semillas, pescados azules y algunos aceites vegetales.

En cantidades razonables, estas grasas pueden sustituir parte de las grasas saturadas de alimentos como embutidos, mantequilla o bollería. Eso no convierte a cualquier producto que contenga aceite vegetal en una buena opción. Una galleta industrial puede llevar aceite de calidad cuestionable, azúcar, harinas refinadas y sal.

Las grasas saturadas tampoco son un veneno automático, pero conviene moderarlas. Las que requieren una vigilancia especial son las grasas trans industriales, porque alteran de forma desfavorable los niveles de colesterol.

Además, el uso importa tanto como el origen. Un aceite puede empezar con un perfil adecuado y empeorar si permanece abierto junto a la estufa, recibe luz directa o se recalienta muchas veces. El problema no es que sea vegetal, sino su composición y las condiciones a las que se somete.

Una botella de aceite no se juzga solo por su nombre: también cuentan su etiqueta, su conservación y la temperatura de cocción.

Los dos tipos de aceite que conviene mirar con más cuidado

Aceites con grasas trans industriales: el ingrediente que conviene evitar

Las grasas trans industriales pueden aparecer cuando un aceite líquido se somete a una hidrogenación parcial. Ese proceso se utilizó para lograr grasas más sólidas, estables y duraderas, útiles en algunas margarinas, rellenos, cremas vegetales, masas y productos de bollería.

El problema está bien documentado: estas grasas elevan el colesterol LDL, conocido como colesterol «malo», y reducen el colesterol HDL. Esa combinación aumenta el riesgo cardiovascular cuando el consumo es habitual. La Organización Mundial de la Salud ha impulsado su eliminación de la cadena alimentaria por ese motivo.

Muchos países han limitado su presencia, pero aún vale la pena revisar los ingredientes de productos ultraprocesados. La clave es buscar expresiones como «aceite parcialmente hidrogenado» o «grasa parcialmente hidrogenada». La palabra «hidrogenado», sin el término «parcialmente», no permite sacar la misma conclusión, así que conviene leer la etiqueta completa.

También ayuda mirar la tabla nutricional. Un producto puede indicar cero gramos de grasas trans por porción y, aun así, contener una cantidad pequeña que se acumula si se comen varias porciones, por eso, la lista de ingredientes aporta una pista más directa.

Las grasas trans naturales de lácteos y carne de rumiantes no son equivalentes automáticos a las industriales. Aparecen en cantidades pequeñas y dentro de alimentos con una composición distinta. La mayor preocupación dietética sigue estando en las grasas trans creadas durante procesos industriales.

Los alimentos frescos reducen bastante esa incertidumbre. Una tostada con tomate y aceite de oliva no necesita descifrar una lista de veinte ingredientes.

Aceites reutilizados o quemados: cuando freír cambia el alimento

Una fritura ocasional con aceite limpio y temperatura controlada no equivale a consumir aceite degradado. El riesgo aumenta cuando el aceite humea, permanece mucho tiempo al fuego o se reutiliza una y otra vez.

Con el calor, el oxígeno y los restos de comida, las grasas se oxidan. El aceite pierde calidad y puede formar compuestos irritantes o potencialmente dañinos, incluidos aldehídos. No hace falta dramatizar una comida puntual, pero convertir ese aceite oscuro en un ingrediente recurrente sí es una mala costumbre.

Las señales son bastante claras, si sale humo persistente antes de cocinar, huele rancio, presenta espuma, se ha vuelto espeso o contiene muchos residuos, toca desecharlo. El color muy oscuro también alerta, aunque algunos aceites cambian de tono por los alimentos fritos.

En casa, evita mezclar aceite nuevo con aceite viejo para «estirarlo». Filtrarlo puede retirar migas, pero no revierte la oxidación, también conviene no llevarlo al punto de humo y dejarlo enfriar antes de guardarlo en un recipiente cerrado, lejos de la luz y el calor.

En restaurantes y locales de comida rápida no siempre se ve el estado de la freidora, por eso, moderar los fritos fuera de casa sigue siendo una decisión sensata, sobre todo si se consumen con frecuencia.

¿Cómo elegir y usar aceite sin caer en mitos?

El aceite de oliva virgen extra es una opción muy práctica para aliñar, saltear y cocinar a temperaturas habituales. Aporta compuestos fenólicos y predominan en él las grasas monoinsaturadas, su sabor también permite usar menos cantidad en muchos platos.

Otros aceites refinados pueden tener usos culinarios concretos: el de girasol alto oleico, por ejemplo, suele ofrecer buena estabilidad para cocinar y el aceite de canola y el de cacahuete también se emplean en distintas preparaciones. Ninguno necesita ser demonizado si está bien conservado y se usa sin abusar de las frituras.

El punto de humo importa, pero no decide todo, también cuentan la estabilidad del aceite, el tiempo de cocción y la temperatura real de la sartén. Calentarlo no lo convierte automáticamente en peligroso, quemarlo o reutilizarlo repetidamente sí acelera su deterioro.

En el supermercado, los envases oscuros o protegidos de la luz son preferibles, revisa la fecha de consumo preferente, cierra bien la botella y guárdala lejos de la estufa. Un aceite de calidad sigue siendo calórico, por lo que la cantidad importa incluso cuando la elección es buena.

¿Qué revisar en la etiqueta antes de comprar?

Palabras como «light», «natural» o «cardiosaludable» no sustituyen la lectura de ingredientes. Comprueba qué aceite contiene el producto y busca grasas parcialmente hidrogenadas. Si es una mezcla, la etiqueta debe indicar los aceites que la forman.

La información nutricional también ayuda a comparar, aunque debe leerse con criterio. Un alimento sin colesterol puede contener grasas trans, exceso de grasas saturadas o una cantidad elevada de azúcar. El colesterol dietético y la calidad global del producto no son lo mismo.

Finalmente, confía también en los sentidos. La fecha y el almacenamiento orientan, pero un olor rancio o un sabor extraño indican que el aceite ya no está en buenas condiciones.

Elegir con información, no con miedo

Las dos alertas más claras son las grasas trans industriales y el aceite quemado o reutilizado demasiadas veces. El resto depende de la composición, la cantidad y el uso diario en la cocina.

En la próxima compra, basta con revisar los ingredientes y escoger un envase bien conservado. Al freír, controlar el calor y desechar un aceite degradado protege más que cualquier promesa impresa en una etiqueta. Comer mejor empieza con hábitos sencillos y decisiones informadas.

Lina Rodríguez Fernandez

Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.

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