Los pesticidas matan a las abejas y enferman a la gente

Un informe reciente de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (AESA) confirma el papel de los insecticidas neonicotinoides en la muerte de abejas. Este impacto negativo se debe a la alta toxicidad de estas moléculas sintéticas derivadas de la nicotina en el sistema nervioso de estos insectos. Lo que afecta a las abejas, también afecta a las plantas, al suelo, al agua y, finalmente, a los humanos. Un informe del INSERM detalla las enfermedades inducidas por los pesticidas en los humanos.

La nicotina es conocida como la molécula responsable de la fuerte dependencia de los fumadores de los cigarrillos; pero hay que recordar que la nicotina es básicamente un poderoso insecticida fabricado por la planta de tabaco como defensa. Las plantas no pueden huir de sus agresores, por esto poseen un arsenal bioquímico muy sofisticado. Esta defensa la han desarrollado en el curso de su evolución, y es capaz de neutralizar los depredadores que amenazan su supervivencia.

El mecanismo utilizado es sumamente complejo. Cuando un insecto trata de alimentarse de las hojas de la planta de tabaco, esta detecta la presencia de ciertos aminoácidos en la saliva del insecto y responde inmediatamente. En pocos minutos produce grandes cantidades de nicotina en sus hojas; una sola hoja puede contener el equivalente a cien cigarrillos. La nicotina es excesivamente tóxica para el insecto, porque la estructura química de esta molécula es similar a la del neurotransmisor acetilcolina; por lo tanto se produce una excesiva estimulación de los circuitos nerviosos causando parálisis y muerte del insecto atacante.

Pesticidas neonicotinoides: neurotóxicos solubles en agua

Las propiedades insecticidas de la nicotina son conocidas desde hace mucho tiempo por los nativos americanos, que la utilizaban, como una infusión de tabaco, para proteger sus cultivos de las plagas de insectos. Sin embargo, la nicotina es demasiado tóxica para los seres humanos como para utilizarla a gran escala en la agricultura; esto llevó al descubrimiento de derivados de esta molécula que tenían una fuerte actividad insecticida, al tiempo que eran menos tóxicos para los animales. Los neonicotinoides sintéticos son el resultado de estos esfuerzos, y esta familia de neurotoxinas químicamente similares a la nicotina se convirtió en los insecticidas más utilizados en todo el mundo a partir del decenio de 1990.

Los neonicotinoides se utilizan a menudo de manera preventiva; por ejemplo, para recubrir las semillas de plantas muy cultivadas, como el maíz y la soja, para protegerlas de los insectos mientras crecen. Lamentablemente, estos insecticidas son muy estables y pueden encontrarse en el polen de las plantas tratadas y siendo absorbidos por las abejas que viven cerca de los campos. Además, los neonicotinoides son solubles en agua y, por lo tanto, pueden propagarse en el medio ambiente, donde son absorbidos por otras plantas que también son alimentadas por las abejas.

No hay duda: los neonicotinoides matan las abejas.

Un gran número de estudios sugieren que esta contaminación del polen por neonicotinoides es muy perjudicial para el funcionamiento y la supervivencia de las abejas. Por ejemplo, los estudios demuestran que los insecticidas neonicotinoides no sólo causan problemas de desorientación en los recolectores impidiéndoles volver a sus colmenas; también limitan el crecimiento de las colmenas y el desarrollo de nuevas reinas. Las consecuencias son desastrosas para la supervivencia de la colonia (sólo las reinas sobreviven al invierno). Por lo tanto, esta observación sugiere que estos insecticidas podrían desempeñar un papel importante en la disminución de las poblaciones de abejas observada desde el comienzo del milenio, un fenómeno muy preocupante ya que alrededor del 80% de las plantas explotadas comercialmente en todo el mundo necesitan polinizadores para reproducirse.

Un análisis de todos los datos científicos acumulados sobre este tema recientemente publicados por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria confirma que los tres principales neonicotinoides utilizados en la agricultura, a saber, la clotianidina, el imidacloprid y el tiametoxam, son efectivamente tóxicos para las abejas.

Además, un reciente meta-análisis ha demostrado que los neonicotinoides no aumentan significativamente el rendimiento de los cultivos. En la Unión Europea ya se ha prohibido el uso de estos insecticidas desde 2013 en los cultivos visitados por las abejas (maíz, colza y girasol) y es posible que este informe pueda allanar el camino para una prohibición completa.

Pesticidas: fuertes vínculos con la aparición de cáncer, infertilidad y malformaciones fetales

Los pesticidas no se detienen en el campo. Penetran en el suelo, pero también (y especialmente) en las plantas, frutas y verduras que tratan. Los consumidores están expuestos a los plaguicidas al consumir alimentos tratados. En junio de 2013, el Inserm publicó una síntesis de estudios basada en treinta años de trabajo epidemiológico y toxicológico. El informe destaca unas quince patologías inducidas por los plaguicidas y muestra un fuerte vínculo entre la exposición a los plaguicidas y la aparición de la enfermedad de Parkinson, el linfoma no Hodgkin, el cáncer de próstata o el mieloma múltiple (un tipo de cáncer de la sangre).

Los pesticidas también pueden tener otros efectos en el cuerpo, como causar infertilidad masculina, provocar abortos espontáneos o malformaciones fetales graves.

 

Fuentes:

Woodcock B et coll. Country-specific effects of neonicotinoid pesticides on honey bees and wild bees. Science 2017 ; 356 : 1393-1395.

EFSA (European Food Safety Authority). Conclusion on the peer review of the pesticide risk assess- ment for bees for the active subs- tance clothianidin considering the uses asseed treatments and gra- nules. EFSA Journal 2018 ; 16 : 5177, 86 pp. https://doi.org/10.2903/j. efsa.2018.5177ISS.

Furlan L et coll. An update of the Worldwide Integrated Assessment (WIA) on systemic insecticides. Part 3 : alternatives to systemic insecticides. Environ. Sci. Pollut. Res. Int., publié en ligne le 25 février 2018.